PátzcuaroEl miedo como frontera de la libertad

Marco Aguilar

Hoy, al leer en un calendario la frase de Galeano -“El miedo es el peor enemigo de la libertad”-, entendí que no estaba frente a una cita bonita, sino frente a una advertencia.

El miedo no es sólo una emoción privada; es una tecnología social. Un mecanismo que, cuando se instala en una comunidad, vuelve innecesaria la censura formal. Nadie calla porque lo obliguen: calla porque ha aprendido a temer.

Galeano no habla aquí del miedo biológico -al dolor, a la muerte, a la enfermedad-, sino de un miedo más sutil y más peligroso: el miedo a ejercer la libertad. El miedo a hablar. A disentir. A señalar. A incomodar.

La libertad, en ese sentido, no se pierde de golpe. Se erosiona lentamente, a través de pequeñas renuncias cotidianas: “mejor no opinar”, “no te metas en problemas”, “así ha sido siempre”, “no sirve de nada”.

Vivimos una paradoja histórica: nunca hubo tantos medios para hablar y nunca fue tan visible el silencio frente a los abusos cotidianos del poder local.

Como en Delfos, las frases llegan cada día -en calendarios, redes, pantallas- como oráculos domésticos. Pero a diferencia de la Pitonisa, que hablaba en enigmas, estas sentencias son claras. El problema no es entenderlas: es atrevernos a vivir conforme a ellas.

¿Qué es el miedo, en este contexto?

No es terror físico. Es un miedo civil:

miedo a quedar aislado,
miedo a ser señalado,
miedo a perder favores,
miedo a incomodar al que manda,
miedo a romper una falsa armonía.

¿Y qué es la libertad?

No es una abstracción filosófica. Es algo muy concreto:
la libertad de expresar una opinión sin represalias,
la libertad de cuestionar una obra pública,
la libertad de exigir legalidad,
la libertad de defender el patrimonio común.

Por eso la frase de Galeano adquiere para mí una fuerza particular cuando la leo desde Pátzcuaro.

Aquí, donde el espacio urbano es memoria viva.

Aquí, donde el patrimonio no es un lujo, sino identidad.

Aquí, donde las intervenciones sobre plazas, templos y mercados no son simples obras, sino decisiones que afectan la historia colectiva.

Y sin embargo, ¿quién pregunta?

¿Quién exige expedientes, permisos, dictámenes, consultas?

¿Quién cuestiona la tala, la demolición, la improvisación, la propaganda?

Muy pocos.

No porque no vean.

Sino porque tienen miedo.

Miedo a la autoridad local.

Miedo a represalias administrativas.

Miedo a perder trabajo, contratos, relaciones.

Miedo a ser etiquetados como “conflictivos”.

Así, el patrimonio se destruye no sólo por la acción del poder, sino por la pasividad del miedo.

Aquí aparece una pregunta incómoda:

¿qué hemos hecho como sociedad para llegar a esto?
Tal vez hemos normalizado la subordinación.
Tal vez hemos confundido gobernabilidad con obediencia.
Tal vez hemos heredado una cultura donde el poder no se vigila, se tolera.

Hoy descubro algo con claridad: me siento libre en la medida en que he dejado de tener miedo.

No miedo a hablar,

no miedo a escribir,

no miedo a cuestionar conforme a Derecho.

Y entiendo que esa es quizá la forma más alta de libertad: no la ausencia de límites, sino la presencia de dignidad.

Galeano tenía razón: el peor enemigo de la libertad no es la ley injusta, ni el gobierno autoritario, ni siquiera la corrupción.

Es el miedo interiorizado.

Porque cuando el miedo gobierna, el poder ya no necesita prohibir: la sociedad se prohíbe sola.

Y quizá, en este momento histórico de Pátzcuaro, defender el patrimonio no es sólo una lucha arquitectónica o cultural.

Es una lucha moral.

Una forma concreta de responder a la pregunta esencial:
¿somos todavía una comunidad libre, o una comunidad que ya aprendió a callar?

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