El hombre está llegando a la Luna,
pero hace más de veinte siglos que un poeta supo
de los ensalmos capaces de hacer bajar la Luna
hasta la tierra. ¿Cuál es, en el fondo, la diferencia?
Julio Cortázar
Arturo Suárez Ramírez
Ya han pasado varios días desde que se inició la controversia por los desaparecidos, y es que es un tema que no les gusta que les toquen en Palacio Nacional; les indigna y, aunque aseguran que están trabajando para resolverlo -por lo menos eso dicen y así lo presentan en números-, la realidad es que somos un país de desaparecidos, de ejecutados y de fosas clandestinas. No es una percepción: México ya acumula más de cien mil personas desaparecidas y no localizadas.
El sexenio de López Obrador se convirtió en el más violento, un total fracaso, incluso más que los de Felipe Calderón, quien fue el iniciador de la guerra contra el narco, y el de Enrique Peña Nieto. En la administración de Claudia Sheinbaum se ha dado un giro de timón en la estrategia; hizo mucho daño aquello de “abrazos, no balazos”. Estamos muy lejos de la paz social, de terminar con el crimen organizado, y no se puede compartir el optimismo de la científica.
Por cierto, ahora que viene el Mundial de fútbol, habría que reflexionar: ¿cómo nos ven en el extranjero? Dicen que “México está de moda”, pero al mismo tiempo somos un país de ausencias. Ojalá fuera solo una metáfora; es una realidad que se cava todos los días con palas, con picos, con las manos desnudas de madres que buscan lo que el Estado no ha querido -o no ha podido, mientras dicen “llegamos todas”- encontrar.
Ahí sigue la crisis, y no por negarla se va a resolver. Ya no se admiten eufemismos ni cifras maquilladas: es una tragedia humanitaria. Más del 40% de las desapariciones se han registrado en los últimos años, lo que confirma que el problema no solo persiste, sino que se agrava.
Ahí queda la descalificación, casi en automático, al llamado reciente de la Organización de las Naciones Unidas. Más de cien mil personas desaparecidas no son un dato. Se ha vuelto cotidiano escuchar de fosas clandestinas -más de 5 mil detectadas en el país-, de colectivos que encuentran restos humanos, muchas veces antes que las propias autoridades, de fiscalías rebasadas o, peor aún, indiferentes.
Y, en ese contexto, resulta imposible no voltear a ver a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, un organismo que debería ser contrapeso, conciencia crítica y acompañamiento para las víctimas. Bajo la conducción de Rosario Piedra Ibarra, parece haber optado por el silencio y por no incomodar en Palacio Nacional. ¿Así para qué sirve la CNDH?
Solo para el recuerdo: a Rosario Piedra Ibarra la impuso el “Pejelagarto” vía Adán Augusto López; no era la candidata de Claudia Sheinbaum. Su trabajo está bajo la lupa y en entredicho; ahí están las voces que piden su renuncia. La frialdad de Piedra no es solo una percepción, es una constante.
No hay posicionamientos firmes, no hay exigencia frontal, no hay una defensa visible y contundente de quienes buscan a sus desaparecidos. La impunidad en estos casos ronda niveles escandalosos, superiores al 90%, lo que termina por cerrar el círculo de abandono.
La institución que nació para incomodar al poder hoy parece alineada con él y le entra al mismo juego… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.
(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor).



