PALABRAS MAS/¡El día después!

Arturo Suárez Ramírez

Todas las personas tienen la disposición
de trabajar creativamente.
Lo que sucede es que la mayoría jamás lo nota

Truman Capote

Hay imágenes que permanecen en la memoria colectiva, de esas que no se pueden borrar y que se quedan para la historia. Nadie puede negar la responsabilidad de Felipe Calderón cuando, en 2007, inició aquello de la guerra contra el narcotráfico; a partir de entonces México se convirtió en territorio indomable. Ninguno ha podido meter en orden a los grupos delincuenciales y eso ha generado dolor, muerte, desplazados y desaparecidos. Todos tienen responsabilidad.

Pero tampoco se puede negar la política de brazos caídos de Andrés Manuel López Obrador, aquella que parecía retórica de “abrazos y no balazos”, pero que agudizó la crisis de violencia. El narco se metió hasta los tuétanos, la corrupción como nunca, y siete años después se siguen pagando las consecuencias.

El Pejelagarto decía que con aquella lucha contra los cárteles “le pegó un garrotazo a lo tonto al avispero”; parece que tenía razón, pero no hacer nada y pretender hacer justicia sobre las rodillas, como él lo hizo, resultó igual de malo.

El abatimiento de “El Mencho” sí es una operación exitosa en términos de lo que se consiguió: se trata de la muerte del capo más buscado, sanguinario formador de uno de los cárteles con más tentáculos; incluso Estados Unidos ofrecía una recompensa de 15 millones de dólares.

El asunto también pasa por el saldo de la operación: honores para los efectivos caídos en el cumplimiento de su deber. Dejan esposas, madres y huérfanos; que no sea en vano haber entregado la vida en la búsqueda de pacificar al país.

La operación también puede tomarse como una nueva declaración de guerra contra los cárteles, haya sido por presión o no de Estados Unidos.

Ahí queda la fotografía de Felipe Calderón con la camisola y gorra verde olivo militar. Lo mismo le pasó a López, que militarizó al país, pero no combatió frontalmente a los criminales; fue el periodo en que más crecieron.

Ahora, intrínsecamente, ese uniforme se lo han colocado a Claudia Sheinbaum, porque el abatimiento del capo también fue un garrotazo al avispero y no hay vuelta atrás. Pero si hay estrategia, inteligencia y cambio de rumbo, no tiene por qué terminar como le pasó a Calderón, a Peña Nieto y menos a López Obrador.

Si se rastrea en el discurso de López, aquella frase está siempre ahí, como un estribillo maldito: primero el garrotazo, luego las consecuencias. Y sobre esa línea discursiva construyó su narrativa de seguridad: que la violencia no se combate únicamente con fuerza, sino con empleo, bienestar y el combate a las causas estructurales del crimen.

De eso no hay evidencia de que haya resultado. Prácticamente, la administración Sheinbaum tuvo que comenzar de nuevo, con la herencia de violencia y muertos que dejó su mentor.

Al final, lo que queda no son las metáforas ni las excusas ideológicas de unos u otros, sino las cifras y los cementerios. Calderón agitó el avispero sin medir consecuencias sí.

El Pejelagarto prometió calmarlo sin enfrentarlo, también y el resultado fue peor, ahí están los números, el crimen se expandió y la sangre siguió corriendo.

Cualquier nuevo “garrotazo” sin inteligencia, sin estrategia integral y sin responsabilidad política no será valentía, será repetición histórica y el país no está para eso.

Escríbeme tus comentarios al correo suartu@gmail.com y sígueme en la cuenta de Instagram en @arturosuarez_.

Hasta la próxima.

(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor).

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