No defiendo el grafiti, defiendo el estado de derecho

*El castigo ejemplar como espectáculo

Marco Aguilar

No defiendo el grafiti.

Defiendo algo mucho más frágil y, hoy, más urgente: el Estado de derecho.

Porque cuando una falta administrativa se convierte en escarmiento público; cuando una pinta se transforma en montaje policiaco; cuando un joven es exhibido como trofeo mediático; cuando el “resarcimiento del daño” se vuelve trabajo forzado para la foto, lo que se está destruyendo no es la cantera: es la idea misma de justicia.

En Morelia no se detuvo a un criminal de alta peligrosidad.

Se construyó un enemigo cómodo.

Un culpable sin poder, sin respaldo armado, sin capacidad de respuesta.

Un blanco perfecto para que la autoridad simule control
y para que una sociedad frustrada descargue su enojo sin riesgo.

La escena lo dice todo: exceso de policías, exhibición pública, narrativa de castigo ejemplar, humillación convertida en espectáculo.

Nada de eso es justicia.

Es pedagogía del miedo.

Es teatro punitivo.

Es el Estado actuando visceralmente… y una sociedad aprendiendo a hacer lo mismo.

No confundamos las cosas: dañar el patrimonio es una falta.

Pero convertir a una persona en escarmiento público es una violación de derechos.

La presunción de inocencia no es un tecnicismo jurídico: es la frontera entre vivir en un Estado de derecho o en un régimen de linchamientos socialmente aceptados.

La dignidad humana no es un favor del gobierno: es una obligación del poder.

El “resarcimiento del daño” no es un acto teatral para redes:
es una figura legal que sólo puede imponerse tras un proceso judicial.

Todo lo demás es venganza con uniforme.

Aquí ocurre algo más profundo y más inquietante:

En Morelia, el problema nunca fue el grafiti.

El problema es que aprendimos a defender con furia cosas que no nos pertenecen, mientras aceptamos en silencio que nos arrebaten la vida cotidiana.

La cantera se protege como símbolo.

La violencia real se tolera como destino.

Miles defienden muros que no habitan, una ciudad que no controlan,
una estética que no les devuelve dignidad ni seguridad.

Se convierten en guardianes simbólicos de un orden que no los protege.

No es amor por la ciudad: es amor por una idea de ciudad.

Una postal.

Una ilusión de orden.

Mientras tanto, la ciudad real se desmorona: extorsión cotidiana,
desapariciones normalizadas, violencia administrada, miedo estructural.

Eso no provoca despliegues espectaculares.

Eso no genera detenciones fotografiables.

Eso no produce sensación de control.

Por eso el grafitero es perfecto como enemigo: no porque sea peligroso,
sino porque no devuelve el golpe.

Detenerlo no cuesta poder.

No toca intereses grandes.

No enfrenta estructuras criminales.

No arriesga nada.

Es una victoria limpia, publicable, aplaudible.

La autoridad demuestra que “hace algo”, aunque ese algo sea apenas controlar una pared mientras pierde el control del territorio, de la vida, del miedo.

Lo verdaderamente inquietante no es que el Estado persiga a un grafitero.

Lo verdaderamente inquietante es que miles celebren esa persecución
como si fuera una victoria propia.

Defendemos con pasión lo que no nos da nada y aceptamos en silencio lo que nos quita todo.

No defiendo la pinta.

Defiendo el límite.

Porque cuando aplaudimos la humillación pública, mañana aplaudiremos el abuso.

Cuando normalizamos el castigo ejemplar, mañana normalizaremos la arbitrariedad.

Cuando celebramos el linchamiento mediático, mañana no habrá garantías para nadie.

La ciudad puede lucir limpia.

Las paredes pueden verse perfectas.

Las fotos pueden ser bonitas.

Pero debajo de esa superficie ordenada seguirá una vida frágil, precaria, expuesta.

El poder no necesita controlarlo todo.

Le basta con controlar lo visible.

Y mientras celebremos que se persigue a quien raya muros, seguiremos viviendo en un lugar donde los verdaderos dueños del territorio no se pintan en las paredes, pero deciden sobre nuestras vidas.

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