*De las protestas a la maquinaria del poder: la metamorfosis de una autocracia pasiva
Hay fotografías que regresan como bofetadas del pasado. No porque contengan nostalgia, sino porque exponen el trayecto moral que separa lo que una vez se dijo de lo que hoy se ejerce con la frialdad del poder absoluto.
En la imagen que dio origen a este texto -capturada en una marcha de hace décadas- aparecen dos figuras que entonces encarnaban rebeldía, denuncia, desobediencia civil.
Quienes marchaban entonces, con el puño en alto y la voz rasgada, exigían respeto, justicia, reconocimiento. Eran tiempos en que la protesta se consideraba virtud, y la falta de civilidad, un derecho natural del descontento.
Hoy, uno de esos rostros ocupa el poder más alto del país. Y el contraste entre aquel gesto de protesta y el ejercicio actual del gobierno no puede ser más violento: la disidencia que antes invocaban es la misma que hoy sofocan.
El espíritu que los sostuvo como opositores es el mismo que hoy intentan borrar, administrar o reducir a ruido.
La fotografía, entonces, no es un documento histórico: es un espejo de la degeneración ética del poder.
I. DEL IDEALISMO AL SECTARISMO
Hay una línea que separa a los movimientos de emancipación de las sectas políticas. Esa línea no se cruza de golpe: se erosiona.
Un día se justifica una mentira “por la causa”. Otro, una manipulación “por el proyecto”. Luego, un abuso “por el bien del pueblo”. Y finalmente, un golpe autoritario “por la estabilidad”.
La metamorfosis está completa cuando quienes antes reclamaban libertad, hoy desprecian a quienes la exigen. Cuando quienes marchaban con desorden hoy utilizan al Estado para simular orden. Y cuando el discurso del cambio termina siendo la antesala de un nuevo totalitarismo moral.
El poder no los transformó: los reveló.
II. LA AUTOCRACIA PASIVA: UN MODELO DE CONTROL QUE SIMULA DEMOCRACIA
Lo ocurrido en la reciente marcha en la Ciudad de México no es un accidente, ni un exceso operativo, ni un error de cálculo. Responde a una lógica más precisa y, por ello, más peligrosa: la autocracia pasiva.
No es un régimen que prohíbe, sino uno que permite para neutralizar. No reprimen: administran la represión. No censuran: ahogan. No silencian: saturan de ruido. No impiden el paso: colocan el miedo exactamente dónde deben.
Es la ingeniería psicológica del poder ejercida con manos de cirujano.
Lo que se vivió en el Zócalo -violencia ubicada estratégicamente en el único acceso, estruendos para generar pánico, embudos para fragmentar a la multitud, una narrativa prefabricada del “caos”- es la demostración clara de que el Estado ya no gobierna: opera.
No protege: condiciona. No garantiza libertades: las administra. No escucha: dosifica la percepción colectiva.
Y al final, no reprime abiertamente: simplemente hace que la gente decida irse.
Eso es una autocracia pasiva. Eso es poder que no necesita admitir que lo es.
III. UN PODER CON ADN DE MOVIMIENTO, MÉTODOS DE SECTA Y AMBICIÓN DE ESTADO TOTAL
El problema no es un partido. No es un gobierno. No es una figura.
El problema es la estructura emocional con la que fueron formados:
la creencia de que sólo ellos encarnan la verdad;
que la nación entera les debe obediencia;
que el disenso es traición;
que el poder no se comparte;
y que la crítica sólo proviene de enemigos.
Quienes funcionaron como movimiento opositor con prácticas cuasi-delincuenciales hoy gobiernan con lógicas de mafia y secta.
Las mismas tácticas:
– presión,
– intimidación,
– victimismo,
– manipulación narrativa,
– lealtades incondicionales,
– y un “líder moral” que nunca deja de serlo.
El viejo movimiento que tomó las calles es hoy un aparato de control que toma instituciones.
El viejo desorden que pedía justicia es hoy un desorden …



