Ángel Dehesa Christlieb
Ahora resulta que la señora que presume de humanista, amorosa y demócrata, la que dice que vivimos en el “país más democrático del mundo”, la que quiere revocar “privilegios”, la que dice que “no son iguales” y se las da de estar en el “lado correcto de la historia” expone y censura a quien no le sigue la corriente con las iniciativas que presenta.
No importa que estén mal hechas, ni amañadas, ni justificadas en la falsa premisa de que “el pueblo me lo pide”.
Si tú eres parte del movimiento de MORENA, es necesario que dejes tus convicciones y tu conciencia en la puerta, porque, para lo único que tienes que servir es para levantar la mano, exonerar violadores y narcopolíticos, victimizarte y “preservar el legado de AMLO”.
No conozco a Giselle Arellano Ávila, ni a Alejandra Chedraui Peralta, ni a Santy Montemayor Castillo, solo sé que son diputadas de MORENA y votaron en contra de la reforma electoral.
A Olga Sánchez Cordero si la conozco, no me cae bien y, según dicen, se abstuvo de votar en la discusión de la reforma electoral
Esa misma reforma electoral que doña Claudia envió al congreso sabiendo “que no se iba a aprobar”.
Como los legisladores no tienen nada que hacer y el país se maneja solo, nuestros empleados en las cámaras se pueden pasar días y días discutiendo algo que ya sabían que estaba mal hecho de origen, pero que la presidenta tenía que mandar para que se lo rechazaran y, así, poder hacer berrinche y victimizarse en cadena nacional.
Que la presidenta se victimice y haga rabietas cuando algo no le sale no es nuevo, pero que ya, de plano, se quite la máscara de “demócrata”, violente la división de poderes y con eso que ella cree que es “sarcasmo y mordacidad”, pero, más bien, le sale como “ardor e inmadurez” acuse a las legisladoras de “no tener convicciones” ya es algo alarmante y hay que ponerle un alto.
Ora resulta.
El problema no es que las diputadas Arellano, Chedraui, Montemayor y Cordero voten en contra o se abstengan, es más, no sé cuáles fueron sus razones, ni me hago ilusiones con respecto a ellas.
Tampoco creo que haya que ponerles un monumento por hacer su trabajo el cual, por cierto, no consiste en decir que sí a todo lo que manden de Palacio Nacional, no importa a qué partido pertenezcan.
El problema es que la presidenta de un país democrático decida que solo sus “convicciones” son válidas y que sea tan cobarde para utilizar una tribuna nacional para denostar a cualquiera que pretenda decirle otra cosa, sin darles derecho de réplica en esa misma tribuna que no es de suya, porque, al igual que su sueldo, nosotros la pagamos.
Hoy fueron las diputadas de su partido, pero mañana podemos ser cualquiera de nosotros, porque no es la primera vez que lo hace.
Para que no se le haga hábito, hoy me toca ser el pollito de “se tenía que decir y se dijo”
¿Quién se cree?
Usted es presidenta, no Santa Claus.
Y el ser presidenta, aunque tenga mayorías, encuestas y la bendición del “grande de Palenque” y, aunque le arda, no le da a usted (ni a su patrón) la autoridad para juzgar quién es “bueno” y quién no.
Máxime si el criterio para estar en la columna de los favorecidos es obediencia ciega y nunca levantar la voz, como si el hecho de ponerse un chaleco guinda o ganar una elección los hiciera infalibles.
Se le ha confiado un mandato, o sea, usted OBEDECE y EJECUTA el mandato de los electores y los electores somos TODOS, no nomás los que están de acuerdo con sus ocurrencias.
Quien discrepe de usted NO es traidor a la patria, ustedes no son la patria.
Y lo peor es que hay quienes le aplauden estas conductas dictatoriales y autoritarias diciendo que “tenemos mucha presidenta” o “bofetada con guante blanco”
No señora, el no poder aceptar la crítica, ni la discrepancia no la hace una estadista, sino una persona pequeña e insegura y el ataque sistemático a quienes discrepamos, ocultándose detrás de su micrófono y su pódium, no es “bofetada con guante blanco”.
Es abuso de poder.
Que no vuelva a ocurrir.
(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor).



