Ángel Dehesa Christlieb
Hoy floreció la magnolia y mi corazón se alegra.
Ante la andanada de realidad que alcanza a México a siete años de “transformación”, con los gringos respirándonos en la nuca, la presidenta que insiste en equiparar la soberanía con la impunidad y el deber patriótico con la defensa de unos pillos, además del patrón de la presidenta de, ya de plano, decidió descararse (el temor no circula en jumento) y aventarse cinco cuartillas explicándonos que las fuerzas oscuras se confabulan para “debilitar a Morena”, el que se logre una flor en el jardín de mi madre parece poco.
Para mí no lo es.
“No se puede vivir como si la belleza no existiera”, decía Luis Rius, maestro de maestros en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Gran parte del éxito mediático que tienen los que hoy insisten en aventarnos por delante en una batalla que no es la nuestra, sea en México o en todo el mundo, radica en la habilidad que han tenido para llenarnos los ojos de horrores, los oídos de miedo y el alma de angustia a fuerza de vociferar insultos, pregonar catástrofes y predicar el odio.
En cada una de sus intervenciones, que cada día son más y más largas, los heraldos de la destrucción nos advierten, en español, inglés, ruso, hebreo, árabe y otros idiomas, sobre la inminente destrucción a la que, como especie, nos enfrentamos si nos atrevemos a disentir, aunque sea por un momento y con evidencias en la mano, de la visión del mundo que cada uno de ellos quiere imponernos.
Unos lo hacen por voluntad del “pueblo”, otros predican el regreso a las “épocas de grandeza”, algunos más dicen hablar en el “nombre de dios” y todos se adjudican la facultad de ser quienes están llamados a “corregir los daños del pasado”.
No importa que, en dichos daños, hayan intervenido directamente ellos o sus colaboradores cercanos, los cuales quedan impolutos y libres de pecado con solo jurar lealtad al “amado líder” en turno.
Lo extraño (o quizá lo cada vez más normal) es que, en un acto de incongruencia, cinismo y desvergüenza de proporciones épicas, ninguno de estos personajes, domésticos y foráneos, acepta ser medido con la vara que miden ellos a sus “adversarios”.
Venderle el país al narco a cambio de adquirir el poder y enriquecerse a manos llenas, ser participante y promotor de una red de tráfico y explotación sexual creada y mantenida por un miserable que hoy, espero, se esté pudriendo en el infierno, prolongar una guerra de genocidio y predicar el odio cuando tu pueblo fue odiado y perseguido durante siglos…
Nada de eso es su culpa y mucho menos su responsabilidad.
Siempre tendrán o fabricarán un enemigo a modo al cual culpar.
No importa si ese “enemigo” vive hoy o murió hace siglos, nos lo presentan como una masa amorfa y oscura, que solo ellos conocen y a la cual pueden agregarle y removerle nombres y apellidos según les resulte conveniente y, si te rebelas o levantas la voz, ese nombre y apellido puede ser el tuyo o el mío.
Ellos, por definición, desprecian, minimizan o, de plano, persiguen la belleza y hacen todo lo posible por levantar un muro de visiones apocalípticas, ruido ensordecedor y miedo crónico para atrofiar nuestros sentidos, porque quien conoce y aprecia lo hermoso, no se conformará con la basura que ellos ofrecen.
Por eso cambian la educación por adoctrinamiento y demeritan cada día el valor de la cultura y el aprendizaje, a menos que sea una herramienta de prédica para su catecismo diabólico.
Por eso crean “programas sociales” cuyo fin último no es mejorar, a largo plazo, la situación de quienes los reciben, sino mantenerla para siempre, para que aceptemos y hasta agradezcamos la migaja que quieran darnos.
Migaja que ni siquiera pagan ellos.
Por eso crean guerras y conflictos donde no los hay y se levantan cada mañana con ganas de conquistar Groenlandia, pintar la ciudad de morado o dar un “informe” plagado de mentiras y odio, celebrándose a sí mismos, mientras nosotros quedamos cada vez más desamparados frente a quienes son sus amos y nos están matando uno por uno.
Por eso yo no dejo, ni dejaré pasar nunca la celebración del florecimiento de una magnolia, del mensaje de cariño o hasta de discrepancia respetuosa de un lector, de la posibilidad de compartir música, letras, amor y lágrimas con mis semejantes.
No importa qué idioma hablen, a quién le encomienden a sus seres queridos cuando se van o por quién voten, siempre y cuando ellos también respeten y atesoren mi derecho a diferir y usemos dicha diferencia como una herramienta de entendimiento y cercanía, que no de odio y de incomprensión.
Floreció la magnolia y mi corazón se alegra.
Feliz viernes y mejor fin de semana.



