Ángel Dehesa Christlieb
Habitualmente esta columna y quien la escribe se ocupa de aquellos que, ostentando poder o teniendo un cargo público, abusan, corrompen o se aprovechan de aquellos que son, por ahora, menos poderosos que ellos.
Esos están todos los días en las noticias, bajo el escrutinio de periodistas y electores, pero, desgraciadamente, existen otros por ahí los cuales cometen abusos de poder y acciones igual de deleznables, de las cuales no nos enteramos y cuyos alcances son igual de perjudiciales, sobre todo porque se meten con quienes menos pueden defenderse.
El pasado 27 de abril recibí un mensaje de un amigo, a quien llamaré “Roberto”, a cuya familia conozco desde la primaria porque su hermano, Mario Gabriel, fue mi compañero en el Colegio Madrid, además de que ambos se hicieron presentes en los momentos complicados que pasé hace ya casi un año.
En su mensaje, Roberto me contaba, lleno de coraje y de frustración, el maltrato que Santiago, su hijo de 12 años, sufrió a manos de los “entrenadores” y directivos de la escuela de Pumas CIFF, ubicada en la puerta dos del velódromo olímpico.
Roberto, primero una disculpa por haber dejado pasar tanto tiempo después de tu mensaje, porque tú y Mario Gabriel no lo hicieron conmigo cuando yo pedí ayuda.
Espero que estas letras, las cuales les pido que me ayuden a compartir para que lleguen a los ojos adecuados, sirvan para que alguien pague por el maltrato que sufrió tu hijo, no en un afán de venganza, sino porque no se vale que una persona incapaz le quite a un niño su ilusión y gusto por el deporte y, desgraciadamente, estoy seguro de que no es el único.
Hoy, que los Pumas están en la final, me parece de especial urgencia y relevancia tu historia porque detrás de cada uno de esos jugadores que saltarán a la cancha esta semana y, si nos ponemos estrictos, detrás de cada jugador mexicano que llega a jugar en primera, hay muchos que caen en el camino, muchas veces no por falta de habilidad o deseo, sino por la poca preparación, la incapacidad o, simplemente, la mala leche de las personas a las que se les confía (y cobran) por su “entrenamiento”.
Me atrevo a pensar que, incluso, los que llegan a vivir del futbol tienen una o más historias de terror en su haber, las cuales, desgraciadamente, se han normalizado como parte del “proceso” o del “hacerse hombrecitos”, frase que tanto nos gusta a los mexicanos para justificar prácticas y costumbres las cuales, en efecto, producen “hombrecitos” rencorosos, amargados e incapaces de manejar sus emociones de manera adulta.
Santiago, quien tiene 12 años, pasión por el futbol y, hasta hace unos meses, pasión por lo que el nombre y la marca de Pumas decía representar, cayó en manos de un tal “Profe Cuco”, al cual, desde un principio pareció ofenderle que el niño, gracias a los esfuerzos de sus padres, pudiera tener equipo, zapatos y guantes (es portero) que costaban un poco más de lo normal en esa escuela.
Por ello, se dio a la tarea de hostigarlo por lo que se le iba ocurriendo en ese momento, burlándose de su físico.
Roberto, percatándose de la situación, le ofreció a Santiago cambiarlo de escuela a lo cual, el niño, movido por su amor a la camiseta Azul y Oro, le pidió a su padre seguir ahí.
El acoso continuó, el tal Cuco, junto con el director de la escuela en cuestión, el “Profe Gerardo”, acabaron sentando a Santiago, no por su desempeño, ni por permitir que todos los niños jugaran sino porque (y eso le dijeron a su padre) un niño del equipo le dijo a otro niño, el cual le dijo al entrenador, que le dijo al director que Santiago estaba enojado con el equipo y se iba a dejar meter goles.
Háganme el favor, un niño de 12 años, el cual juega por gusto y pasión va a hacer esas payasadas, de hecho, Santiago confrontó, pacíficamente, al compañero al cual los “adultos” le habían colgado el muertito, el cual desmintió a los entrenadores.
Así las cosas.
El asunto estalló durante un entrenamiento, en el cual uno de los compañeros de Santiago, ante la vista de los entrenadores “Cuco y Héctor” entra en una discusión con él en la cual le dice “gordo p-to”.
Ambos se calientan y se hacen de palabras, pero, extrañamente, al único que sacan del terreno es a Santiago
Ante eso, su padre, que estaba presente, no pudo más.
Confrontó al entrenador, cosa que hoy sabe que no debió haber hecho, pero ustedes que son papás díganme si no se hubieran enfurecido, especialmente dados los antecedentes.
El entrenador se le quiso ir a los golpes, mientras que otro miembro del cuerpo técnico también sometió al niño de 12 años.
Roberto, viendo lo asustado que estaba su hijo y percatándose de que estaba siendo grabado y de los alcances que podía tener el conflicto, optó por retirarse y hoy tiene a un hijo al que no puede explicarle por qué los seres humanos son como son.
Señores de Pumas, los de arriba.
Como miembros de una organización que, más allá de lo deportivo, que representa los valores de integridad, compañerismo y educación a través del deporte, deben fijarse en la clase de personas que ostentan su nombre y su marca, mínimo les pediría que me contactaran para escuchar la versión de Roberto y de Santiago y tomaran cartas en el asunto.



