Ángel Dehesa Christlieb
Escribo estas letras desde la peluquería, lo cual, para quienes me conocen puede resultar extraño, ya que yo, como Gloria Trevi decidí andar de pelo suelto desde hace más de tres décadas.
El problema es que, a diferencia de Gloria, mi pelo se sintió tan suelto que ya no regresó.
Pero me queda la barba y es lo que me vine a arreglar el dia de hoy, porque, con mucho orgullo y felicidad, les cuento que me invitaron a dar una plática llamada “La certeza de lo incierto” en La Paz, Baja California Sur.
Yo sé que, para ustedes que me leen y fijándonos en el contexto universal, mundial y hasta local, esto puede parecer irrelevante, pero yo creo que, hoy en día, es más relevante que nunca.
Ante los horrores y el abandono que vivimos hoy en México, es menester que sepamos y agradezcamos las cosas buenas y bonitas que nos ocurren a todos, ya habrá tiempo de seguir hablando de las perradas de los poderosos, las cuales intuyo que serán muchas y variadas.
Yo estoy, además, como loro con galleta, porque voy a re-conocer un lugar de mi país al cual fui hace 49 años.
En ese entonces mi papá y mi mama tenían pocos años de casados y apenas tres como padres.
A mí se me conocía como “Colima”, en memoria de un mecánico horroroso, que trabajaba en un taller mecánico que mi abuelo le heredó a Germancito (con hartas deudas), esto porque tuve un parto complicado, nací todo hinchado y mi papá me puso el apodo.
Mi progenitor, al frente de un entusiasta y joven grupo de teatro, iba a presentar una obra de su autoría, basada en mitos griegos y con música de Mikis Theodorakis.
El escenario sería el exterior de un viñedo en Santa Rosalía.
La compañía partió inmediatamente hacia el lugar, mientras que mi mama (quien desde entonces era muy sabia) y yo nos quedamos en La Paz en los días previos a la función.
Algo con lo que los actores capitalinos no contaban eran las distancias en la península de Baja California, más o menos 8 horas de viaje de La Paz hasta Santa Rosalía.
Cuando llegaron a su destino y vieron que ni el promotor, ni la gente del viñedo les habían preparado algo de comer, los famélicos histriones se vieron obligados a morfarse la escenografía, la cual pudo ser repuesta para el dia de la función.
Hoy regreso a La Paz, ya sin padre ni madre (sabiamente se queda en casa).
No voy a Santa Rosalía (aunque me encantaría) y sí aseguré viáticos, además de que llevo la maleta retacada de sobrecitos de atún y saborizante de agua en polvo, por lo que pudiera ofrecerse.
Espero que esta “magna conferencia”, como está anunciado en el orden del dia que me acaban de enviar, sea la primera de muchas, en muchos lados, que me permitan conocer más de mi país y a ustedes, los que leen mis loqueras diarias.
“Have verbo, will travel”
El barbero llegó tarde a la cita, porque se le paró la moto, pensé en increparlo, pero parecía genuinamente compungido y, además, se me ocurrió que no es bueno malhumorar a quien te va a poner una navaja al cuello.
Hizo un muy buen trabajo y, gracias a él, no me presentaré en La Paz como náufrago recién rescatado o discípulo de Noroña.
Como habrán intuido mis astutos lectores, ya no estoy en la barbería, de hecho, después de salir de ella, volver a casa, hacer mi maleta y recolectar hincado la bendición de Conchita tomé un avión para la terminal 2 del AICM.
Gracias a que el “Grande de Macuspana” logró su berrinche de suspender el aeropuerto en Texcoco, además de que ahora estamos pagando el AIFA (que no va a ser rentable nunca), la remodelación del Benito Juárez y los costos por haber suspendido el NAIM, además de que la entrada a la T2 es hoy tan eficiente como la respuesta de Claudia Sheinbaum ante los sucesos del domingo pasado.
Yo no sé si mis lectores chilangos que no hacen home office enfrentan esto cada día, pero yo me sentí como Moisés cuando, ya a la vista de la tierra prometida y después de décadas de peregrinar por el desierto, le fue prohibida la entrada por Dios.
Viridiana, la aguerridísima conductora de mi UBER, abrió el tráfico cual Mar Rojo, a punta de claxonazos y epítetos que sonrojarían hasta a Lenia Batres y me depositó en la banqueta con mi maletita y mi mochila, a tiempo para pasar seguridad y dirigirme a la puerta R5, desde donde estaba anunciada la salida del vuelo 366.
Apenas me senté a comerme un sandwich y una botella de agua (de esas que te cobran como si Juan el Bautista se hubiera bañado en ella), se activa el sistema de anuncios.
“Les recordamos a los pasajeros del vuelo 366, con destino a La Paz, que la sala se cambió, ahora es la 63”.
Atragantarse el sandwich, bajárselo con tres tragos de agua y correr hacia la nueva sala (del otro lado de la terminal) fue todo uno.
Por fin llegué, con el pulmón en las amígdalas y después de atropellar a dos adultas mayores en silla de ruedas que, por lo que me dijeron, podían haber sido las abuelitas de Viridiana la del UBER.
El vuelo está despegando, “el puerco está en la pocilga” y con destino a La Paz, ya les contaré cómo me fue.
Buen viaje
“Mamá disfrutó leerlo en sus últimas semanas”…
Así le escribió hoy a mi hermana su amigo Gil, cuya madre doña María del Carmen Méndez Luna, era mi amiga y lectora y falleció esta semana.
Buen viaje a ella que se fue y mejor a los que nos quedamos y la recordamos.
Abrazo Gil.




