Francisco Rodríguez
El gabinete en pleno, los gobernadores, diputados, senadores y empresarios “acarreados” conformaron una nueva reunión de la República, como aquellas que don José López Portillo celebraba durante su mandato.
La ocasión, en el Museo de Antropología, para que la señora Presidente formal anunciara ooootro Plan, éste para supuestamente hacer frente a la imposición de aranceles de Donald Trump.
Dieciocho programas que, como escribiera Pedro Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”.
Plan México lo llamaron. Irrealizable en sus 18 programas expuestos por una sola, simple y sencilla razón. El gobierno está quebrado. Así se lo dejó AMLO a Claudia Sheinbaum. Y sin dinero, el precario gobierno sólo puede usar la saliva para intentar, sólo eso, intentar, paliar la tormenta.
¿Soberanía alimentaria? No hay recursos para subsidiar a los productores del campo. Fertilizantes (importados, en su mayoría), tanto como diésel, energía eléctrica, al alza. Cada vez menos agua. Y sin precios de garantía. ¿Cómo van a conseguir incrementar la producción de granos, lácteos, cárnicos? Puro bla, bla, bla.
¿Autosuficiencia energética? ¡Por favor! Sin la participación de empresas privadas los planes de expansión y mayor producción de las quebradas Pemex y CFE se antojan imposibles. ¡Más saliva!
¿Acelerar la construcción de obra pública? Llevamos seis meses escuchando que se van a erigir trenes, viviendas, puertos, aeropuertos, hospitales… ¡y nada! Ni siquiera ceremonias de primeras piedras hemos visto.
¿Ampliar la fabricación nacional para el mercado interno de la industria textil, del calzado, de muebles, de acero y aluminio, semiconductores, paneles fotovoltaicos, baterías, industria creativa, automóviles, fármacos, equipos médicos, entre otros? Sin incentivos fiscales para los productores, es otro de los muchos objetivos que no llegarán a concretarse jamás.
¡Vaya! Ni siquiera pueden llevarse a cabo los programas de eficiencia administrativa anunciados por la Presidente, sin recursos fiscales. No hay ni para pagar a los empleados de los consulados. Tampoco papelería e insumos para los juzgados y tribunales del Poder Judicial. Así que…
El Plan México es como los sexenales planes nacionales de desarrollo que nunca se concretan en realidad. Es, en suma, una aspirina que ya caducó para intentar curar el cáncer que para la economía mexicana significan los aranceles de Trump.
¿Y por eso le dieron primeras planas a es que, por vieja y gastada, ya no es siquiera noticia?
Institucionalización posrevolucionaria
Platicaba con usted, en la anterior entrega de este Índice Político, de lo bien que lo hizo en su momento el viejo dictador Porfirio Díaz al enfrentar a cinco mandatarios federales estadounidenses.
Al triunfo de la Revolución, no fueron menores los intentos diplomáticos para lograr el reconocimiento de los gobiernos del Grupo Sonora, triunfante en la lucha armada y en la eliminación de Venustiano Carranza, El Rey Viejo, así como sus modos diplomáticos, capacidades financieras y de gobernabilidad.
Gracias a la consecución de dichos objetivos, pudieron hacerse las grandes reformas administrativas y las inversiones en infraestructura, que desembocaron en la era de las instituciones callistas, pie de estribo del capitalismo primario de Estado.
El reparto de tierras y el financiamiento a los campesinos, así como el gran despegue de la industria manufacturera fue posible por decisiones acertadas sobre el papel a desempeñar durante la Segunda Guerra. México se posicionó del lado de las potencias occidentales.
Si los norteamericanos habían abandonado su aparato productivo de textiles y alimentación para hacer la guerra, México debía cubrir ese hueco. El crecimiento se fincó sobre los sectores manufacturero y agroexportador. Se consolidó una parte de la burguesía, la que se ubicó del lado de los generales triunfantes. En todo caso, se descuidó el crecimiento anárquico en los cinturones urbanos.
Tuvieron que cubrirse todos los flancos que descuidaron los poderosos que habían apoyado abiertamente al eje Berlín – Roma – Tokio. El desarrollismo alemanista imprimió una versión de modernidad que encubría la voraz corrupción de los civiles recién ascendidos al poder. Se protegió el monopolio y la explotación bajo la fórmula bajos salarios – estratosféricas utilidades.
El régimen de expropiaciones, concesiones y subsidios fue desmedido y apabullante.



