Hay días en que una nación entera parece mirarse al espejo por primera vez

México
Cuando un país despierta

Marco Aguilar

Días incómodos, tensos, casi dolorosos.

Pero necesarios.

Porque nadie despierta de una pesadilla sin reconocer, antes, que ha vivido dentro de ella.

Hoy México atravesó uno de esos momentos: miles de personas en las calles, cada una con su historia, su enojo, su cansancio y su miedo. Lo que las une no es un partido ni un líder; es la convicción íntima de que el país ha perdido el rumbo y que quienes gobiernan ya no lo hacen para todos, sino para sí mismos.

Un gobierno sin madurez democrática se vuelve predecible: desoye, divide, acusa y convierte la ley en un instrumento de conveniencia. Cuando el poder se aleja de la Constitución, lo que queda no es un proyecto de nación, sino una maquinaria que opera por sometimiento.
Y ahí comienzan los rasgos del totalitarismo: no cuando se encarcelan opositores, sino cuando se desacredita sistemáticamente la pluralidad; no cuando se reprime abiertamente, sino cuando se normaliza el desprecio por la crítica y se persigue el pensamiento.

Pero algo se mueve.

Algo que el poder no supo prever.

El engaño empieza a resquebrajarse.

Los jóvenes -a quienes se quiso convencer de que el futuro era una dádiva y no una conquista- empiezan a mirar el país con otros ojos: no con resignación, sino con la intuición de que merecen más que limosnas sociales y discursos de cartón. La pobreza -fabricada durante décadas como un mecanismo de control- deja de ser destino cuando la conciencia comienza a arder.

Ahí nace la posibilidad.

No un cambio superficial, de siglas o colores, sino un cambio con sentido: la transformación profunda de un país decidido a abandonar la lógica feudal que ha marcado su vida pública. Un país que comprende que la política no es un mercado de favores, sino una profesión que exige conocimiento, carácter y responsabilidad.

Para salir de este atolladero, México no necesita héroes: necesita instituciones profesionales, abiertas, vigiladas por una ciudadanía que ya no delega su poder.

Necesita contrapesos reales, no decorativos.

Tribunales que no obedezcan, sino que decidan.

Poderes que no simulen, sino que respondan.

Y ciudadanos -como los que marcharon hoy- que entiendan que la libertad no se hereda: se construye y se sostiene cada día.

Es momento de dejar atrás el sistema político que nos ha traicionado generación tras generación.

Dejarlo caer por su propio peso, por su corrupción, por su incapacidad absoluta de producir futuro.

Y atrevernos a construir lo que nunca se ha construido en México: un Estado profesional; un Ejecutivo que no se crea dueño de la nación; un Legislativo que represente en vez de obedecer; un Judicial que no tiemble; e instituciones transparentes cuya legitimidad provenga de la confianza ciudadana y no del poder.

Porque un país que toca fondo sólo tiene dos caminos: aceptar la oscuridad o convertirse en su propio amanecer.

Hoy, en las calles, hubo un destello de luz.

Pequeño, sí.

Pero suficiente para recordar que México puede despertar.

Y que, cuando un país despierta, nadie vuelve a dormirlo.

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