En días difíciles, la palabra no debe alimentar miedo, sino claridad.


Esta ciudad y este país merecen más luz que miedo.

Que la reflexión sea nuestro refugio y nuestra fuerza.

Pátzcuaro
EL DERECHO A PENSAR Y EL DEBER DE NO CALLAR

Marco Aguilar

“Una ciudad no se construye sólo con piedra, sino con conciencia”.
Vivimos días donde el miedo vuelve a sentirse en las conversaciones, en las miradas, en los silencios.
Y reconocerlo no nos hace débiles: nos hace humanos.
Pero permitir que el miedo decida por nosotros sería entregar la ciudad antes de que nadie más lo haga.
En tiempos donde el poder confunde obediencia con lealtad, pensar se vuelve un acto público.
Y usar la palabra —serena, documentada, sin estridencias— deja de ser un derecho para convertirse en un deber cívico.
No hablo por protagonismo.
Hablo porque el silencio se volvió cómodo para algunos e insoportable para la ciudad.
Hablo porque el espacio público —físico y moral— se reduce cada vez que una voz se intimida, cada vez que la crítica se degrada a sospecha o enemistad.
A quienes guardan silencio, los entiendo.
No siempre es cobardía: a veces es cansancio, prudencia o un instinto de supervivencia aprendido en décadas donde disentir parecía peligroso.
El miedo no nace del vacío: ha sido cultivado por el poder para administrar obediencia.
Pero vivimos un tiempo donde callar ya no protege: sólo prolonga lo que nos lastima.
A quienes creen que cuestionar es atacar, les recuerdo:
la ciudad no le pertenece al gobierno; el gobierno le pertenece a la ciudad.
El poder público no se honra aplaudiéndolo, sino recordándole sus límites y obligaciones.
La crítica es una forma de participación; la exigencia de transparencia y responsabilidad, una forma de amor a la comunidad.
Y a quienes buscan desacreditar al mensajero para no escuchar el mensaje, les digo:
No hablo contra nadie.
No hablo para dividir.
Hablo por el derecho de todos a habitar un gobierno que sirva y escuche, no que se admire a sí mismo.
Hablo por el patrimonio que se deteriora mientras se fabrican discursos de éxito.
Hablo por la dignidad cívica que se empobrece, cuando la verdad incomoda más que el deterioro visible.
En Pátzcuaro, pensar no es un lujo ni un riesgo moral: es una obligación ética.
Preguntar no es traición.
Nombrar lo evidente no es enemistad.
Y cuidar la ciudad también significa cuidar nuestra voz dentro de ella.
El silencio favorece al poder; la palabra favorece a la ciudad.
Nuestro compromiso —el mío y el de quienes creen en una vida pública digna— es, y será siempre, con la ciudad.

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