El mercado de Pátzcuaro: el peso de lo mal planeado

*Una reflexión sobre lo que ya se advertía y lo que aún puede hacerse

Marco Aguilar

Toda comunidad es un sistema delicado, sostenido por múltiples equilibrios: sociales, económicos, culturales. Cuando se toca uno de estos elementos sin cuidado, sin comprensión del contexto, el sistema entero puede tambalearse. Lo que hoy sucede con el nuevo mercado de Pátzcuaro es, tristemente, un ejemplo claro de ello.

Desde el inicio del proyecto, quienes nos dedicamos a observar, analizar y cuidar la ciudad -desde distintas trincheras- advertimos que algo no iba bien. La ausencia de estudios de factibilidad, no sólo en el plano arquitectónico o urbanístico, sino también en lo económico, financiero y social, ha desembocado en consecuencias visibles desde el primer día de su inauguración.

El mercado, concebido como un contenedor rígido para un sistema comercial históricamente informal, fue mal planteado desde su origen. Se impuso a comerciantes que durante décadas vivieron del ambulantaje o de puestos semifijos, nuevas reglas y responsabilidades propias del comercio formal: pago de luz, agua, impuestos, mantenimiento… Todo sin una transición adecuada, sin apoyo formativo, sin acompañamiento técnico, y lo peor: sin haber escuchado a quienes ahí trabajan.

Un empresario alguna vez me dijo: “Nada es gratis, todo va incluido en el precio”. Hoy, lo vemos claro. A muchos comerciantes se les ofreció un espacio bajo la promesa de «orden y progreso», sin explicarles bien el costo económico y operativo de ese cambio. Y ahora, muchos de ellos se enfrentan a una realidad que no pueden sostener. No es que no quieran, es que simplemente el modelo no fue viable desde el principio. Se hizo sin visión y sin conocimiento del mercado local.

Lo que se está gestando -y ya es perceptible- es el abandono progresivo del mercado. Algunos locales permanecen vacíos. Otros sobreviven apenas. El edificio, a pesar de lo reciente, empieza a sentir el peso de un fracaso anunciado.

Sin embargo, aún es posible reconducir el camino. Se necesita humildad de las autoridades para reconocer los errores, pero sobre todo visión para corregir. No se trata de regalar, sino de enseñar, de apoyar con formación empresarial, de diversificar la oferta, de adaptar el edificio a la realidad local, de convertir el mercado en un centro dinámico que conecte con las verdaderas necesidades de la ciudad.

Porque cuando una intervención se hace bien, no sólo se construyen muros: se construyen relaciones, comunidad, desarrollo. Y aún hay tiempo de hacerlo, si se quiere.

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