EL ÁRBOL CAE; LA PALABRA QUEDA

Marco Aguilar

Durante mucho tiempo, uno no piensa en los árboles que lo acompañan. Están ahí, firmes, silenciosos, generosos. Forman parte del paisaje cotidiano, de esos elementos que no se nombran porque parecen eternos. Así era el ciprés que se alzaba en la plaza contigua al Templo del Santuario de Pátzcuaro.

Muchas veces fui a sentarme a las bancas del atrio. A mirar sin prisa. A dejar pasar el tiempo. Ese ciprés estaba ahí, marcando el ritmo del lugar, sosteniendo sombra, silencio y memoria. Hoy ya no es el mismo. Está siendo cortado, mutilado poco a poco, hasta desaparecer.

Así avanza la destrucción: no de golpe, sino por etapas, como si la costumbre pudiera anestesiar la pérdida.

Ayer, mientras un trabajador ejecutaba el corte, le pregunté por qué lo hacía. Su respuesta fue simple, casi automática:

—Porque está viejo.
Le respondí:
—Yo también estoy viejo.
Entonces añadió:
—Y enfermo.

Asentí, quedándome con las ganas de decirle que yo también podría estarlo.

Ese breve diálogo revela mucho más que una justificación técnica. Revela una lógica peligrosa: la que considera prescindible todo aquello que envejece, que no produce, que estorba, que no encaja en una idea pobre y utilitaria del orden urbano. Bajo esa lógica, un árbol viejo es un problema; como lo sería un edificio antiguo, una plaza viva o una memoria incómoda.

No hubo sensibilidad. No hubo reflexión. No hubo cuidado.

Los cipreses fueron parte esencial del carácter de Pátzcuaro. Basta revisar fotografías antiguas para verlos acompañando las fachadas de los templos, dialogando con la piedra, subrayando la verticalidad espiritual del paisaje urbano. Hoy, desgraciadamente, han prácticamente desaparecido. Y con ellos se ha ido una forma de entender la ciudad como un organismo vivo, no como un espacio desechable.

Este ejemplar -que quizá en pocos días ya no exista- no era sólo un árbol. Era hábitat para aves, refugio para insectos, regulador del microclima, presencia simbólica. Un árbol es vida que sostiene vida. Cuando se pierde, no se pierde sólo madera: se pierde lugar.

Y también se pierde tiempo. Tiempo compartido. Tiempo vivido.

Siento, honestamente, que me han arrebatado parte de mis momentos, de mis experiencias. Y sé que no soy el único. Muchos ciudadanos han construido recuerdos en torno a esos árboles, aunque nunca los hayan nombrado. Para las generaciones futuras, esto será apenas un relato: algo que existió y ya no está.

Todo esto ocurre en una plaza catalogada, dentro de una zona con valor histórico reconocido. No es un sitio cualquiera. Y aun así, la acción avanza sin protocolos visibles, sin explicaciones públicas, sin un mínimo gesto de empatía hacia la vida que se elimina.

Esto no es sólo una mala decisión técnica. Es el reflejo de una administración municipal que ha perdido -o nunca tuvo- sensibilidad hacia la naturaleza, hacia la memoria, hacia lo común. Una autoridad que no entiende que gobernar una ciudad histórica no consiste en imponer, cortar o borrar, sino en cuidar.

Porque quien no cuida los árboles, difícilmente cuidará a las personas.

Quien no entiende el valor de un ciprés antiguo, difícilmente entenderá el valor de una comunidad.

Hoy, en Pátzcuaro, no sólo se están acabando árboles.

También se están acabando sueños, silencios, refugios y vínculos invisibles entre la gente y su ciudad.

El árbol cae.

La palabra queda.

Y mientras quede la palabra, quedará también la memoria de lo que fuimos, de lo que perdimos y de lo que aún estamos a tiempo de defender.

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