Alberto Vieyra Gómez.
La madrugada del 8 de mayo de 1753, en la Hacienda de Corralejo, Guanajuato una humilde mujer partera paria chayotes porque el chiquillo que después de muchos apuros nació literalmente muerto, padeciendo el llamado síndrome disneico neonatal (o síndrome de dificultad respiratoria neonatal) que es un problema respiratorio que afecta a los recién nacidos. Esta afección les dificulta la respiración a las criaturas recién nacidas.
En aquella época no había clínicas, ni médicos especializados y eran las parteras las que partían el queso en todos los partos en ricos y pobres.
Cuentan las crónicas de aquellos tiempos que Chonita, la partera en cuestión le comunico a don Cristóbal, que su recién nacido no tenía probabilidades de vida. Don Cristóbal le pidió que le facilitará al recién nacido, pero Chonita logro percibir un latido en su corazón del bebé. Y le dijo al papá “permítame, don Cristóbal”. Acto seguido tomo a la criatura entre su brazo izquierdo y su pecho volteándolo boca abajo y entonces Chonita le propinaría una sonora nalgada al chiquillo, que ni tardo ni perezoso soltó el primer grito.
El segundo grito lo daría la madrugada del 16 de septiembre de 1810 en Guanajuato. Naturalmente que el grito de independencia lo produciría Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor, que hoy conocemos como Miguel Hidalgo o El Cura Hidalgo, al que nuestros compatriotas de aquella época conocían como un Juan Charrasquiado, que era parrandero, jugador, valiente y muy arriesgado en el amor, pues no en balde llegó a tener 6 hijos, que hoy están en la novena generación.
El cura Hidalgo no era como lo pintan sus biógrafos. El padre de patria era canijillo, pero eso sí muy culto e inteligente, lo que lo llevó a convertirse en rector de la universidad Nicolaita en Michoacán, de donde fue corrido porque le gustaban los dineritos y los tomó a escondidas o se los robo para que usted me entienda y por ello lo corrieron porque descubrieron que con esa lana ya había adquirido 3 haciendas, las que por cierto le decomiso el gobierno virreinal porque no pagaba sus impuestos de rigor.
Ese era el padre de la patria de carne y hueso, al que muchos gobiernos se han empeñado en hacerle una aureola de un hombre bueno, carismático y valeroso que luchó por rescatar a México de las cadenas opresoras de los 3 siglos del virreinato. La realidad es que el cura Hidalgo estaba bien empadronado contra el rey español Fernando Séptimo y los virreyes en la Nueva España que le arrebataron sus 3 haciendas.
Obviamente que hay muy pocos historiadores que nos hablan de esta realidad. Y en el caso de los politicastros que nos han mal gobernado, no faltan quienes exhibiendo sus miserias intelectuales nos inventan héroes o les cambian nombres, como fue el caso del presidente municipal de Jaral del Progreso, Guanajuato, Daniel Cimental Barrón quien le cambió el nombre a la insurgente María Josefa Crescencia Ortiz Téllez-Girón, conocida como Josefa Ortiz de Domínguez. Dijo: “Viva Josefa Ortiz de Pinedo”, gritó el presidente de Jaral del Progreso, lo que ocasionó un momento que las personas describieron como incómodo y ofensivo.
Otro alcalde que incurrió en un lapsus brutus seria Evelio Vara, en el municipio de Zaragoza, Coahuila, quien dijo “¡Viva Josefa María Morelos y Pavón!”. Al que conocemos como el segundo padre de la patria José María Morelos y Pavón.
Y sin faltar al indiorante gobernadorcete de Puebla, Alejandro Armenta, quien durante el Grito de Independencia llamó a Leona Vicario como “Leonorio Vicario”.
¿No le parece a usted que a estos bueyes hay que mandarlos a la nocturna o al instituto patrulla?
(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor).



