Cuando se rompe un país

México

*“La impunidad es el opio del poder: quien la prueba, ya no puede gobernar sin ella”.

Marco Aguilar

Hay países que se quiebran con un golpe de Estado.

México, en cambio, se fue rompiendo con algo más discreto, casi imperceptible: la anestesia colectiva.

El Estado de Derecho no desapareció de un día para otro.
Se apagó como una vela olvidada en una habitación donde nadie entra.

Primero oscurece un rincón, luego el pasillo entero, hasta que sólo queda el olor de lo que alguna vez fue luz.

Mientras tanto, el poder descubrió algo peligroso: la impunidad es adictiva.

El primer abuso requiere arrojo; el segundo, sólo hábito; el tercero, ya ni se percibe.

Y cuando la impunidad se vuelve rutina, el Estado deja de ser un orden y se convierte en un espejo del gobernante:
un reflejo donde cada capricho se disfraza de mandato.

Pero lo más devastador no fue la conducta de los gobernantes, sino nuestra resignación aprendida.

Cada concesión, cada silencio, cada “así son las cosas” fue sedimentando una cultura de aceptación que terminó por fertilizar el terreno para los oportunistas del resentimiento: aquellos que ascendieron no por su visión, sino por su destreza para administrar el dolor social como si fuera un recurso renovable.

Hoy México no está al borde de un estallido sorpresivo, sino frente a la factura de una acumulación histórica.
Porque un país no arde por un solo agravio: arde cuando la injusticia se normaliza y los ciudadanos descubren que la ley protege menos que la propaganda.

Vivimos una paradoja: un gobierno que se proclama “transformador”, y que, sin embargo, administra el miedo como si fuera un botín; y una sociedad cansada que, incluso agotada, conserva la intuición de que algo está profundamente mal.

De todo este deterioro surge una certeza simple y luminosa: un país no se salva desde arriba; se sostiene desde la lucidez de quienes lo habitan.

La claridad, hoy, es un acto político.

Nombrar lo que ocurre, también.

Porque un gobierno puede acostumbrarse a la impunidad,
pero un pueblo que despierta aprende que la obediencia es otra forma de adicción y que la libertad empieza el día en que dejamos de pedir permiso.

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