“La obediencia impersonal y mecánica es la forma más peligrosa de corrupción”.
-Simone Weil
Frente al asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, lo mínimo que se espera de quienes gobiernan es silencio, respeto y reflexión. En momentos de dolor, la propaganda debería callar. Pero hoy, buena parte del poder parece más empeñada en sostenerse que en servir.
Morena, como los partidos que prometió superar, ha confundido gobierno con movimiento, Estado con aparato de control. Hay personas valiosas en su interior -las hay-, pero quedan aisladas, usadas como legitimación moral y ahogadas por una lógica de poder que privilegia lealtades antes que capacidades. Todo proyecto que se vuelve absoluto termina devorándose a sí mismo, y en ese proceso devora también la esperanza de quienes creyeron en él.
Miles de mexicanos han salido a las calles para decir “¡Fuera Morena!”. No es odio: es hartazgo. Hartazgo frente a la corrupción, la impunidad y la incapacidad de garantizar algo tan elemental como la vida. Ya no basta el discurso del pasado heredado. Gobernar es responder al presente, reconocer errores y corregirlos con humildad. Eso es responsabilidad; todo lo demás, propaganda.
Michoacán no está solo, pero tampoco está bien. La violencia y la descomposición institucional son prueba de un Estado debilitado. Cuando un gobierno no puede proteger ni a quienes trabajan por él, ha perdido toda autoridad moral para hablar de transformación. En cualquier democracia madura, la renuncia del gobernador sería un acto mínimo de dignidad institucional, no una venganza política.
Un gobierno que no escucha se encierra en la sordera del poder. Morena, que fue oposición y exigió ser escuchada, parece olvidar que la disidencia no es un enemigo: es una condición de la democracia. Defender la crítica no es debilidad: es deber de Estado.
En un país sin oposición libre, el miedo reemplaza a la conciencia y el aplauso a la verdad. México necesita más luz que consigna, más reflexión que consuelo partidista, más ciudadanía que obediencia. Asumir responsabilidad no es rendirse: es gobernar. Lo contrario sería admitir que el poder ya no gobierna; sólo se protege a sí mismo.
Cuando el poder exige obediencia en lugar de conciencia, deja de ser gobierno para convertirse en sometimiento.
La autoridad no debe velar su poder: debe velar por su pueblo.



