Cuando el aplauso se paga, la democracia se vacía

Crónica de la “asamblea en defensa de la soberanía nacional” en Pátzcuaro

*Acarreo, simulación y poder sin límites

Marco Aguilar

Lo ocurrido este domingo en Pátzcuaro no fue una expresión ciudadana: fue la escenificación de una práctica vieja y profundamente antidemocrática: fabricar respaldo desde el poder.

El evento apareció “de la nada”. En cuestión de horas se anunció lo que oficialmente se llamó la “Asamblea en Defensa de la Soberanía Nacional”, impulsada por Morena y con presencia del gobernador de Michoacán.

Con la misma velocidad, apareció el público: contingentes completos trasladados en camionetas, funcionarios municipales y estatales al frente, cuerpos de seguridad presentes, logística coordinada desde el propio ayuntamiento. No fue una concentración ciudadana: fue una movilización organizada desde la estructura pública.

La escena fue reveladora. Al frente, empleados públicos y operadores políticos gritando porras a cada mención de funcionarios, nombres y consignas. Detrás, un público mayoritariamente pasivo, silencioso, que escuchaba sin entusiasmo.

La diferencia entre quienes aplauden por consigna y quienes asisten por necesidad o compromiso es evidente en cualquier acto de este tipo. Aquí lo fue aún más: una masa movilizada, no una ciudadanía convocada.

Los discursos siguieron el guion conocido: demagogia, frases hechas, porras ensayadas, idealización del gobierno en turno y descalificación genérica de “la derecha”, “los neoliberales” y “los gobiernos del pasado”.

Se habló de orden, cultura, desarrollo, justicia, del rescate del lago, del mercado como logro, de una ciudad ideal que no existe para quien camina Pátzcuaro todos los días.

Se invocó la soberanía, el bienestar, la dignidad, la transformación, mientras se omitía cualquier autocrítica real sobre el estado del municipio y del espacio público.

El alcalde, Julio Arreola, habló como si fuera oposición. Criticó males estructurales como si no fuera parte activa del gobierno local que los reproduce.

Se presentó como defensor de la cultura, el patrimonio y el orden urbano, mientras su administración acumula señalamientos por decisiones opacas, proyectos mal ejecutados y una ciudad cada vez más deteriorada. El discurso construye un Pátzcuaro ficticio; la realidad cotidiana lo desmiente.

Cuando el alcalde usa la tribuna partidista para presentarse como salvador de problemas que su propio gobierno no ha sabido atender, no hace política: hace simulación.

El gobernador intentó justificar el acto como “político, no electoral”, apelando a su derecho de expresión. La distinción es, en los hechos, insostenible cuando:

hay funcionarios públicos movilizados,

hay logística desde el ayuntamiento,

hay cierre de calles en el centro histórico,

hay presencia de corporaciones de seguridad,

y el mensaje es abiertamente partidista, con llamado a la movilización territorial.

Llamar “asamblea en defensa de la soberanía” a un acto partidista no lo vuelve ciudadano: sólo maquilla su naturaleza.

Aquí se cruzó una línea peligrosa: la confusión deliberada entre poder público y maquinaria partidista. No hay límites claros. El gobierno habla como partido; el partido opera con recursos, presencia y estructura del gobierno.

El evento reunió alrededor de 2,500 personas, entre funcionarios, operadores y contingentes movilizados. La mayoría de los asistentes no participó activamente en las porras ni en los gritos; el entusiasmo estaba concentrado en los cuadros políticos al frente.

Es la postal clásica del clientelismo: quienes operan gritan; quienes son llevados, esperan.

Esto no es un detalle de campaña ni un hecho aislado. Es la normalización del uso político del aparato institucional. Es la persistencia -y perfeccionamiento- de viejas prácticas que se suponía superadas: clientelismo, movilización por dádivas y favores, utilización de la estructura pública para fabricar respaldo.

El voto no es mercancía de cambio. No debe comprarse ni condicionarse. Debería ser un acto de conciencia, de evaluación crítica de personas y trayectorias, no de lealtades partidistas construidas con camiones, listas y consignas.

Cuando el aplauso se organiza desde el poder, lo que se vacía no es sólo la plaza: se vacía el sentido de la democracia.

La democracia no se mide por el volumen del aplauso, sino por la libertad de quien aplaude.

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