Me lo hago fácil

Ángel Dehesa Christlieb

Hace muchos años, en la última década del siglo pasado para ser exactos, mi mamá, mi hermana Juana Inés, mi abuela María y varias tías y primos hicimos un viaje a San Antonio, Texas, para ver una exposición titulada “México: Esplendores de 30 siglos”

Dicha exhibición, promovida por Octavio Paz, constaba de 400 piezas artísticas de TODOS los periodos de la historia de nuestro país (entre lo más antiguo había un códice con un retrato de Manuel Bartlett) y, contrariamente a las tendencias actuales, no se limitaba a decir “vengo de Tláloc y Huitzilopochtli”.

Con el fin de podernos desplazar por la ciudad del “Álamo”, las “fajitas” y el “River Walk”, mis aguerridas parientes rentaron una camioneta, marca Ford, de esas que se ven en las películas de Chevy Chase y su familia en vacaciones.

La operación de dicha unidad fue encargada a Conchita, mi audacísima madre, la cual, para ser justos, fue siempre una excelente conductora, con una amplia experiencia que abarca desde los highways estadounidenses, hasta las autostradas italianas.

Pero todos sabemos que a la mejor cocinera se le quema el arroz, o que hasta a los de MORENA se les llega a colar (rarísima vez) un narco en sus filas.

Conchita no fue la excepción.

Veníamos de regreso del Sea World, con la camioneta llena de adolescentes y caperuzos vociferantes, a Conchita le dio lo que hoy se conoce como el “síndrome del diputado en votación de reforma constitucional”, o sea, se le apagó la neurona y actuó en automático y sin pensar.

En un crucero poco concurrido, se pasó, sin querer, un alto.

Inmediatamente se escuchó la sirena y la orden de “pull over” y, aunque mi abuela Maria se mostró partidaria de protagonizar un escape hacia la frontera digno de los hermanos Almada o de Lola la trailera, Conchita, con la cabeza fría y confiando en sus encantos, se detuvo para dialogar con el “Deputy Johnson”, que así decía la placa del cuico que nos apañó.

El policía en cuestión fue muy amable y, sin tener obligación de hacerlo, nos dejó ir únicamente con una advertencia, aunque sí refutó el argumento de mi madre, quien le dijo que no se había detenido en el semáforo porque (era mentira) “no hablaba inglés”

“Ma’am” dijo el Deputy Johnson, con ese acento texano que parece que arrastran una lija sobre un pizarrón, “you may not speak english, but red is red, here and in Mexico”.

Y tenía razón.

Era como si, no sé, como si muchas personas, de muchos países, no solo de México y de Estados Unidos, se hubieran reunido y acordado que, para seguridad de todos, los colores de los semáforos, de las rayas del pavimento, de los letreros en las vías públicas y de los barandales de los puentes fueran los mismos en todo el mundo.

Después, supe que, en efecto, así había ocurrido y, además, que los colores que se usan no son por capricho, se asignan por temas de visibilidad, generación de alerta en el cerebro y otros factores muy bien fundamentados.

Si yo, que no recibo un sueldo por gobernar una ciudad, ni me proclamo la “paladina” de los ciudadanos (a los que no quiero ver fuera de casa cuando hay turistas), conozco esta información, cuantimás debería saberla la señora Clara Brugada.

Vistos los acontecimientos recientes, donde a Clarita y a sus secuaces se les ocurrió ¿por qué no? pintar los barandales de los puentes de morado, con cargo al erario y sin consultar a nadie para, después de consumado el acto, darse cuenta de las normas se seguridad que infringieron y tener que, nuevamente con cargo al erario, volverlos a pintar del color que ya estaban, a mí, me quedan varias dudas.

A- La señora Brugada, quien tiene un cuantioso presupuesto para asesores, no se molestó en investigar los alcances de su decisión, lo cual la hace incompetente y soberbia

B- La señora Brugada sí sabía lo que estaba haciendo, pero le valió y en la mejor tradición del “igual es chicle y pega”, procedió a pintar, total, ni lo paga ella, lo cual la vuelve soberbia e irresponsable

C- La señora Brugada sí sabía y tiene un pariente o conocido que puso hace dos meses una comercializadora de pinturas, con diseño de ajolotes incluido, la cual fue aprobada como proveedora del gobierno en tiempo récord y obtuvo (en una de esas por adjudicación directa) el contrato para venderle a la CDMX la pintura y pues, qué mejor que comprarle la morada y la amarilla con su correspondiente moche ¿no?

Seguramente nunca lo sabremos, porque nadie asumirá la responsabilidad, aunque los hechos hablan por si solos.

Yo, por no dejar, le hago aquí la pregunta a Clara Brugada

¿Es A, B, C, o una combinación de varias?

Espero.

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