El padre asegura, será un ingeniero
la madre pretende que sea doctor.
Las tías quisieran que fuera banquero
un hombre de mundo, un gran seductor.
Arturo Suárez Ramírez/@arturosuarez
Una de las tantas definiciones que existen sobre el término cultura es que abarca toda actividad que realiza el hombre. Así se creó la sociedad, las culturas y las subculturas. La multiculturalidad y la interculturalidad son temas de la sociología, la comunicación y la filosofía; aunque no gusten y antes de calificarlas como buenas o malas, ahí están, subsistiendo y cambiando al ritmo de las sociedades.
Por ejemplo, hay santos que no están en el calendario litúrgico, pero tienen sus devotos, como la Santa Muerte, a la que se encomiendan los de la maña. Hay altares por todo el país y hasta se cuenta que políticos le han rendido culto.
El otro es el santo de los narcos: Jesús Malverde, bandolero elevado a los altares y patrono de los malosos. Ahí están también las deformaciones -según los ministros del culto católico- en que han convertido a san Judas Tadeo: se visten como la imagen, le dan gracias y le encomiendan las manos para seguir delinquiendo.
Si López Obrador traía su “detente”, hoy hay estampitas que no se venden en las iglesias, sino en los tianguis junto a las “miches”; altares debajo de los puentes que no miran al cielo, sino al poder. En este nuevo siglo hemos sido testigos de cómo el narcotráfico dejó de ser solo un negocio criminal para convertirse en “cultura”, en aspiración para muchos jóvenes y, peor aún, en objeto de culto a través de la religión, la música, el cine y lo cotidiano.
También tenemos exalcaldesas que se pasean con mafiosos y luego se deslindan. O qué tal los hipócritas propagandistas que criticaron la guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón -mal, por supuesto-, pero que hicieron de ello una industria del entretenimiento, ganaron millones de pesos y todavía pasan lista por los 43 desaparecidos. Ellos, aunque no quieran, también son parte de quienes ayudaron a apuntalar la cultura narca.
No fue casualidad que las historias de los narcotraficantes fueran narradas como hazañas. Los personajes dejaron de ser delincuentes para encumbrarse como seres de mitología. Si bien no les alcanza para que les construyan una Ilíada o una Odisea, hay compositores de corridos bélicos, himnos de guerra a los que les duele despedir o recordar a personajes como Joaquín “El Chapo” Guzmán o el recién finado Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.
Ahí está la nueva narrativa: hombres que salieron desde abajo y desafiaron al Estado, justificando su actuar sanguinario y minimizando a las víctimas.
En esas narrativas, el criminal es visto como benefactor, una especie de Robin Hood que ayuda a poblaciones enteras a costa de la vida de otros, de la producción y el trasiego de estupefacientes.
Todas las culturas tienen semillas, y esta germinó en el abandono de muchos años, no solo desde Calderón, sino en un proceso en el que todos tienen responsabilidad. Lo peor es que no se ve una salida próxima; no hay evidencia de que los programas sociales de la 4T estén arrancando a los más jóvenes de esas garras.
No se combate esta cultura solo con balas ni con discursos moralistas. Se enfrenta con oportunidades reales, con educación crítica -y no con los libros de Marx Arriaga-, con memoria. Se desmonta dejando de romantizar la tragedia y recordando que detrás de cada “leyenda” hay sangre, y que los héroes están en las Fuerzas Armadas, no del otro lado… Pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.
(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor).



