Me lo hago fácil

Ángel Dehesa Christlieb

Hace siete años, cuando comenzó toda esta propaganda de “La Cuarta Transformación”, a mí, que soy molón y contreras por naturaleza, me dio por preguntar a cualquiera que quisiera escucharme y ¿en qué nos vamos a transformar?

La pregunta no es menor, sobre todo si pensamos que los “transformadores” en cuestión me pedían que los avalara para ejercer el poder en mi país, con presupuesto incluido.

“En personas honestas”, me dijo hace tiempo un conocido, con aires de suficiencia.

Yo levanté la mirada y vi a AMLO, a Bartlett, a Sheinbaum, a Noroña y amigos que los acompañan, como dirían en los antiguos salones de baile, y, muy delicadamente, me permití expresar mi duda acerca de lo que este tipo de personajes podrían contribuir al aumento de mi honestidad, o de la de cualquiera.

Es la fecha en que ninguno de los proponentes de dicha “transformación”, tanto los que cobran directamente de ella, como los que la apoyan desde afuera como proyecto político, me lo pueden responder de manera convincente.

A siete años de la llegada de los Transformers de cuarta al poder, puedo decir, con plena seguridad…

No me gusta en lo que nos estamos convirtiendo.

No quiero ser alguien que viva siempre a la defensiva, en la desconfianza, en el miedo y en el enojo.

A esos sentimientos apelan los Transformers, los Trumps, los Putin, los Maduros, los Ayatollahs.

Ayer supe que tú, yo y el mundo entero somos rehenes de un loco de cabello naranja, el cual vive para el conflicto, porque su papá no lo quiso lo suficiente, porque tiene que convencer a sus electores de que el mundo está en su contra y tiene un complejo de inferioridad el cual, al parecer, tiene que ver con un tema de centímetros.

Dicen.

Por el otro lado tenemos a los Transformers, los Díaz Canel, los Putin, los Ayatollahs, los Netanyahus, los Maduro y los que se acumulen en la semana, todos con el cometido de “transformar” a los pueblos y a las conciencias en lo que ellos ven como “el lado correcto de la historia”.

Un lado tan “correcto” que no admite que nadie disienta o cuestione a los “amados líderes”.

Si alguien se atreve a hacerlo, es reprimido, arrestado o declarado enemigo de la patria en cadena nacional.

Hace una semana comprobé que México está en manos de personas a las cuales no les importa mejorar el país, no les importa si nos morimos o si nos matan, solo les preocupa mantenernos enojados, desconfiando unos de los otros y con miedo a que alguien venga y nos quite lo que, según ellos, dicen que nos han dado, aunque todo lo pagan con nuestro dinero.

“Tú solo vota por mí, apláudele a quien yo te diga, desconfía y descalifica a quien yo te indique, no pienses y yo te regalaré dinero, dinero que era tuyo de todos modos y solo te daré suficiente para que dependas de mí.

Entre eso y los conciertos ‘gratis’ de Shakira, te haré olvidarte, por un rato, de que tu dinero cada vez te alcanza para menos, de que le estoy regalando el territorio al narco, de que nunca obligaré a nadie de mi partido a rendir cuentas, sin importar cuántas pruebas se presenten contra ellos y de que creo que, como presidenta, es más importante mantener mi popularidad que dar la cara cuando el país está en llamas.”

¿En eso nos hemos transformado?

¿En un mundo donde tengo que escoger entre Trump o los incongruentes disfrazados de revolucionarios, de todo el mundo y denominación, que predican austeridad desde sus asientos de primera clase?

Yo no le entro.

¿Ustedes?

(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor).

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