Antes de escandalizarnos, intentemos comprender

Therian
IDENTIDADES EN FUGA

Marco Aguilar

Algo está ocurriendo en el tejido social cuando la identidad deja de buscar raíces en la historia, la comunidad o el territorio y comienza a construirse en pantallas, foros y comunidades digitales. El fenómeno llamado “therian” -jóvenes que afirman identificarse interiormente como animales- ha provocado sorpresa, burla, indignación y violencia en redes.

Pero antes de reaccionar, conviene preguntar.

¿Qué estamos viendo realmente?
¿Una moda pasajera?
¿Una búsqueda simbólica?
¿Un síntoma cultural?
¿Un distractor mediático?
¿Una forma de pertenencia en tiempos de soledad?

La primera tentación es ridiculizar. La segunda, condenar.
Ambas cancelan el pensamiento.

El ser humano siempre ha dialogado con lo animal. Las culturas originarias hablaron de nahuales; los mitos antiguos imaginaron hombres-lobo; las religiones llenaron sus relatos de figuras híbridas. Lo animal no era degradación, sino potencia simbólica. Entonces, ¿qué cambia ahora?

Cambia el contexto.
Hoy la identidad no se hereda: se construye.
No se recibe: se declara.
No se comparte necesariamente en comunidad territorial, sino en comunidad digital.

¿Es eso un avance de la libertad o una señal de fragmentación?

Vivimos en una época donde los vínculos familiares se debilitan, las instituciones pierden credibilidad y el futuro parece incierto. En ese paisaje, ¿no es comprensible que un adolescente busque pertenecer a algo, aunque sea una identidad alternativa?
¿No es, acaso, la necesidad de pertenencia una de las fuerzas más profundas del ser humano?

Pero también cabe otra pregunta:
¿Estamos frente a una exploración simbólica saludable o ante una dificultad para habitar la propia condición humana?
¿Es juego?
¿Es convicción?
¿Es performance digital?

Y si no existe daño directo a terceros, ¿qué papel le corresponde al Estado?
¿Regular la identidad?
¿Promoverla?
¿Ignorarla?

Aquí conviene ser prudentes. Afirmar que todo fenómeno emergente es un plan deliberado de distracción política requiere pruebas. Sin evidencia, la sospecha se vuelve intuición, no argumento. Sin embargo, también es cierto que las sociedades saturadas de estímulos tienden a desplazar rápidamente la conversación pública hacia temas virales, mientras problemas estructurales permanecen intactos.

¿Es el fenómeno la causa de la distracción, o simplemente un producto más de un ecosistema mediático que vive del impacto constante?

La reacción social también revela algo inquietante.
¿Por qué tanta violencia verbal ante la diferencia?
¿Por qué la burla automática?
¿Por qué el miedo?

Tal vez la pregunta de fondo no sea qué está ocurriendo con quienes se identifican como animales, sino qué está ocurriendo con nosotros como sociedad.

¿Estamos perdiendo la capacidad de integrar diferencias sin fragmentarnos?
¿Hemos sustituido el diálogo por el linchamiento digital?
¿Nos resulta más fácil ridiculizar que comprender?

En una democracia, la libertad individual es un principio esencial. Pero la libertad también exige madurez. Y la madurez implica distinguir entre identidad simbólica, exigencia jurídica y responsabilidad colectiva.

No todo lo que desconcierta es una amenaza.
No todo lo que emerge es decadencia.
Pero tampoco todo fenómeno debe celebrarse acríticamente.

La tarea quizá no sea “enfrentar” el fenómeno, sino comprender lo que revela. Si hay jóvenes que sienten mayor afinidad simbólica con lo animal que con su entorno humano, la pregunta no debería ser únicamente qué les ocurre a ellos, sino qué ocurre en el entorno que habitan.

¿Estamos ofreciendo comunidad real?
¿Propósito?
¿Escucha?
¿Horizonte?

Cuando una sociedad pierde sus relatos compartidos, las identidades se multiplican como archipiélagos. Cada grupo encuentra su isla. El problema no es la isla; es la ausencia de puentes.

Tal vez el verdadero desafío no sea el “therian”, sino la incapacidad colectiva de sostener una conversación madura sobre identidad, libertad y límites.

Porque al final, más que máscaras de lobo o zorro, lo que aparece es algo más profundo: una generación que busca sentido en medio de una época que ha fragmentado casi todos sus referentes.

La pregunta no es si debemos escandalizarnos.
La pregunta es si estamos dispuestos a comprender.


“Una sociedad madura no teme a las preguntas; teme dejar de hacérselas”.

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