La pedagogía del engaño
Marco Aguilar
¿Por qué seguimos creyendo en promesas que ya sabemos que no se cumplirán?
¿Por qué las mentiras se nos vuelven paisaje: o no las vemos o las olvidamos pronto?
¿Por qué toleramos irregularidades y ofensas que se ejercen sobre nosotros y sobre nuestro territorio?
Aceptamos apoyos como limosnas y los agradecemos.
Nos prometen, nos mienten, nos amenazan; nos hacen sentir culpables… y aun así les damos fidelidad, respaldo y voto.
Vivimos dentro del engaño.
Conservamos esperanzas absurdas.
Normalizamos el maltrato.
Nos acostumbramos a que el poder no rinda cuentas.
Algunos se quejan en voz baja y nada más.
La inconformidad se volvió un susurro privado.
Buscar la Ley es costoso, lejano, casi imposible: hay que pedir justicia a la misma autoridad que la viola.
No es exageración: es un Estado que ha normalizado la impunidad.
Un poder que sonríe a cámara, pronuncia palabras huecas y vende su propia imagen como si fuera el bienestar de todos.
El “todo” no existe: existe su presencia mediática y su prosperidad personal.
Nos dicen que Pátzcuaro es tierra de oportunidades.
Lo es: para quien explota el poder.
Aquí el trienio se vive como botín, como si ganar el cargo fuera ganarse la lotería.
El cacicazgo no se esconde: se celebra.
Y lo más grave: se anhela.
Cuando hablan de seguridad, hay desaparecidos.
Cuando hablan de ecología, arrasan bosques.
Cuando hablan de progreso, hay despojo.
Su discurso es una máscara: valores en la boca, prácticas contrarias en los hechos.
La pregunta no es sólo por qué mienten.
La pregunta es por qué seguimos aceptando la mentira como forma de gobierno.



