A veces no escribimos para que el sordo escuche
“No escribo para que quienes destruyen escuchen.
Escribo para no volverme sordo a mi propia conciencia”
Marco Aguilar
A veces no escribimos para que el sordo escuche.
Escribimos para que nosotros no nos volvamos sordos a nuestra propia conciencia.
Porque hay palabras que no buscan convencer, sino sostener.
No buscan vencer, sino no rendirse.
No nacen con la ilusión de transformar de inmediato la realidad, sino con la necesidad más honda de no traicionarse.
En tiempos donde el poder aprende a no oír, donde la costumbre vuelve normal la destrucción y el silencio se presenta como prudencia, escribir es una forma de resistencia íntima. Una manera de decirse a uno mismo: “yo sí vi, yo sí entendí, yo no acepté como natural lo que era injusto”.
Quizá quien decide no escuchar nunca cambie.
Quizá los responsables sigan firmando dictámenes sin leerlos, cortando árboles sin mirarlos, alterando ciudades sin amarlas.
Pero hay algo que sí puede perderse si callamos: la claridad interior.
Escribir entonces no es un acto de soberbia, sino de cuidado.
Un cuidado de la memoria.
Un cuidado de la ciudad.
Un cuidado de la propia dignidad.
Porque el verdadero riesgo no es que el sordo no escuche.
El verdadero riesgo es que, de tanto gritarle al muro, uno termine acostumbrándose al muro… y deje de oírse a sí mismo.



