Marco Aguilar
Hoy el alcalde de Pátzcuaro (Julio Arreola), justifica la tala de un ciprés histórico en la Plaza del Santuario diciendo que fue “por seguridad”.
Vale la pena detenernos un momento y pensar con seriedad qué significa eso.
¿Cuántos accidentes han ocurrido en Pátzcuaro por la caída de un árbol o una rama? Son prácticamente inexistentes.
En cambio, los accidentes de motociclistas sin casco, los choques por exceso de velocidad y los atropellamientos son casi diarios.
Y sin embargo, a nadie se le prohíbe circular sin casco.
A nadie se le restringe el uso del automóvil.
A nadie se le clausuran calles “por seguridad”.
La seguridad aparece sólo cuando conviene cortar árboles.
Si realmente existiera un riesgo, la ley obliga a otra cosa: dictámenes técnicos, evaluación especializada, medidas de mitigación y, sólo como último recurso, una tala justificada y autorizada. Nada de eso fue visible aquí.
Este tipo de decisiones rara vez son inocentes.
La tala abre siempre la puerta a algo más: reconfiguraciones de plazas, nuevos proyectos, contratos de obra, “mejoras” que transforman el espacio público y generan negocio.
Los árboles estorban cuando hay planes sobre el suelo que ocupan.
Y entonces la “seguridad” aparece como justificación perfecta.
Lo ocurrido no es una política de protección de la vida. Es una política de intervención selectiva: se destruye lo que estorba a la imagen, se ignora lo que incomoda políticamente.
En Pátzcuaro no se están priorizando los riesgos reales.
Se están priorizando las acciones visibles.
Y cuando la “seguridad” se usa como pretexto para destruir patrimonio, lo que realmente se pone en riesgo no es un árbol, sino la legalidad, la historia y la dignidad de una ciudad.



