MéxicoUn país que merece mirarse de nuevo

Marco Aguilar

No busco la perfección, pero sí la dignidad. Y quizá por eso duele reconocer que la mediocridad se ha filtrado hasta el corazón mismo del Estado. No lo digo para herir, sino desde la honestidad que surge cuando uno observa que el país se administra más como un aparato partidista que como una comunidad sostenida por la Constitución y sus promesas.

Lo que debería unirnos -la verdad, el diálogo, el respeto- ha sido sustituido por la manipulación, la imposición y una sospecha permanente hacia quien piensa distinto. La diferencia, que debería ser fuente de aprendizaje, se ha convertido en frontera. Y en esa división, los más vulnerables han sido adoctrinados con discursos que confunden lealtad con dependencia, identidad con obediencia.

Mientras tanto, los pilares que sostienen a cualquier nación que aspire a perdurar -la educación, la cultura, la salud, el trabajo digno- han sido relegados. El poder económico se concentra cada vez más en unos cuantos, muchos de ellos ligados a la cúpula política que, paradójicamente, debería protegernos de ese desequilibrio.

Frente a este escenario surge una pregunta sencilla y, a la vez, profundamente ética: ¿cómo callar ante la erosión de aquello que nos constituye como país? No se trata sólo de edificios, leyes o recursos; se trata del patrimonio intelectual, social, cultural y económico que permite que una comunidad exista y se piense a sí misma.

La crítica no es una agresión: es un intento de despertar una conciencia colectiva que parece adormecida. Porque un país no se destruye de golpe, sino por desgaste: por pequeñas renuncias diarias, por normalizar lo inaceptable, por dejar de exigirnos aquello que alguna vez creímos merecer.

Urgen cambios, sí, pero no desde el enojo estéril, sino desde la responsabilidad. Esta administración mediocre -más por sus omisiones morales que por incapacidad técnica- está desdibujando el proyecto de un México justo, plural y compartido. Y sin embargo, la reconstrucción aún es posible. Todavía podemos mirarnos con humildad y decidir que no basta con sobrevivir: hay que vivir con sentido.

La patria empieza en lo cercano: en la comunidad, en la conversación honesta, en la valentía de no guardar silencio. Desde ahí puede renacer un país que se mira de frente, que se corrige, que se dignifica. Porque México -a pesar de sus grietas- todavía merece pensarse de nuevo.

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