-Elena Poniatowska
Marco Aguilar
Hay momentos en que quien escribe no puede ignorar el eco de las generaciones que lo anteceden ni la sombra de las heridas que aún atraviesan a este país. Cada palabra lanzada al debate público acarrea una consecuencia: puede iluminar un ángulo, pero también puede rozar cicatrices que no nos pertenecen. Y es en ese filo donde aparece esta reflexión.
Empiezo a comprender el origen de ciertas molestias o críticas hacia algunos temas sobre los que escribo. No se trata -como a veces se acusa- de mala fe, sino de algo más simple y a la vez más complejo: no pertenezco a la generación que vivió el trauma directo del autoritarismo más feroz del siglo XX mexicano. Y esa distancia, aunque no me invalida como observador, sí me obliga como escritor.
He leído sobre el movimiento del 68; conozco la historia de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, el papel de la Liga 23 de Septiembre, la resistencia en las casas del estudiante, la represión sistemática del Estado, la ética y también la brutalidad de aquellas luchas. He escuchado testimonios de quienes vivieron esos años con el corazón en la garganta. Incluso puedo simpatizar con sus causas y entender la dimensión política de sus gestos.
Pero, por más que la memoria se enseñe, hay experiencias que no se heredan: sólo se viven. Y yo no viví esas noches donde la libertad era un acto clandestino. No fui perseguido por leer un panfleto. No vi a mis amigos desaparecer uno por uno. No conocí esa oscura pedagogía del miedo que moldeó a una generación entera.
En esa ausencia se abre una brecha entre el análisis y el dolor. Mi crítica puede ser válida, mis argumentos pulcros, mis referencias sólidas, pero mi palabra nunca tendrá el peso específico de quien cargó el cuerpo de un compañero abatido o de quien creció sabiendo que el Estado podía tocar la puerta a medianoche.
He comprendido -a veces con resistencia, a veces con vergüenza- que el pensamiento también tiene un lugar, una circunstancia, una temporalidad. Y que quienes escribimos desde un presente relativamente más libre, aunque hoy asediado por otras formas de violencia, no podemos apropiarnos de la memoria que otros pagaron con su vida.
Esto no significa que debamos callar; significa que debemos saber desde dónde hablamos.
Escribo desde mi realidad: desde una generación que no vivió el genocidio silencioso de los setenta, pero que ha visto cómo el país se desmorona desde sus instituciones; desde un tiempo en que el autoritarismo ya no llega con bayonetas, sino con discursos, presupuestos, desinformación y espectacularidad política.
Escribo desde un México donde el poder ya no esconde sus intenciones porque descubrió que la impunidad es un régimen emocional, no sólo jurídico. Y escribo, sobre todo, desde la convicción de que el pensamiento crítico sigue siendo necesario, aunque incomode.
Sé que es difícil no tocar sensibilidades, heridas o zonas frágiles. Pero también sé que la memoria no puede convertirse en un territorio prohibido. La memoria se honra con rigor, con respeto y con verdad, pero también con debate. Porque el pacto silencioso con el pasado es, muchas veces, la mejor herramienta del poder para domesticar el presente.
Quien vivió la represión del Estado tiene razones profundas para desconfiar: lo entiendo. Pero quien nació después no tiene por qué heredar un silencio, sino una responsabilidad.
Si en mis textos he rozado dolores que no me pertenecen, ofrezco una disculpa honesta. No desde la culpa, sino desde la conciencia. No pretendo minimizar a quienes vivieron lo que yo sólo he estudiado; busco escucharlos mejor, dialogar con ellos, aprender de sus derrotas, de sus esperanzas y de sus advertencias.
Escribo porque creo que un país también se entiende a través de quienes no estuvieron en los momentos cruciales, pero se atreven a interrogarlos. Porque la memoria sin pensamiento se convierte en reliquia, y el pensamiento sin memoria degenera en soberbia.
Mi intención no es sustituir voces: es sumar una más, consciente de su límite. Sumar otra mirada a un país que aún no resuelve sus sombras y que, quizá por eso, necesita tantas miradas como sea posible.
Si mi palabra incomoda, ojalá sea porque señala algo verdadero. Y si alguna vez hiere, que sea por torpeza humana, no por arrogancia. Lo único que busco -desde lo que soy, desde lo que tengo- es comprender un poco más a México, ese país que siempre parece escribirse desde una herida y, sin embargo, insiste en buscar su propio amanecer.



