El rostro del poder en México
Marco Aguilar
NOTA INTRODUCTORIA
El ensayo examina la continuidad del autoritarismo en México bajo el lenguaje de la transformación. Más que un cambio de régimen, vivimos una mutación del poder: el viejo sistema, reencarnado en nuevas devociones. El resultado es un país donde la fe reemplaza la ley y la justicia se declama, pero no se ejerce.
En ese vacío entre la fe y la ley se extravía hoy la República.
I. EL PODER COMO SIMULACRO
La llamada Cuarta Transformación no transformó nada: sólo cambió de voz.
Lo que prometía ser el fin del viejo régimen se convirtió en su disfraz más fiel. El poder no se derrumbó; se reencarnó. Cambió el decorado, los emblemas, los nombres de los ministerios y los tonos del discurso, pero la estructura profunda —esa que vive de la obediencia, del miedo y del culto al líder— permanece intacta.
Hoy, el lenguaje político se pronuncia en tono de fe.
Las palabras “pueblo”, “transformación”, “justicia” o “dignidad” ya no designan realidades, sino dogmas. En lugar de construir instituciones, el nuevo poder edificó mitos.
Y en ese espejismo, México volvió a creer en su salvador.
El poder no se transformó: se transfiguró.
El viejo autoritarismo se disfrazó de esperanza.
II. DEL LIDERAZGO A LA LITURGIA
Los nuevos funcionarios no nacieron del servicio público, sino de la campaña.
Su formación no es jurídica ni técnica: es devocional, propagandística. Son predicadores del poder, adoctrinadores de fe partidista que sustituyen la razón de Estado por el fervor del movimiento.
La Presidenta —título que el Congreso, servil, le concedió por complacencia y oportunismo— encarna esa liturgia del simulacro. En un gesto simbólico más que político, se define ante el país no como jefa del Estado mexicano, sino como mujer, madre, abuela, ama de casa y jefa suprema de las fuerzas armadas.
Una mezcla peligrosa de sentimentalismo y mando, de domesticidad y poder, que confunde la autoridad con la identidad; que convierte la autoridad en relato y el poder en culto.
Detrás de ese tono maternal —de esa supuesta cercanía con el pueblo— sigue gobernando el mismo patriarca que nunca se fue.
En la historia reciente de México no hay sucesión: hay posesión.
El nuevo rostro del poder es apenas el eco del anterior.
III. LA MÁSCARA DEL PODER
El actual sexenio es la máscara del anterior.
Su discurso pretende romper con el pasado, pero en realidad lo perfecciona. La continuidad se disfraza de cambio: es el mismo guion con un nuevo actor. Lo que antes se justificaba en nombre de la “modernización”, hoy se hace en nombre del “pueblo”. Ayer se usaba la técnica; hoy, la fe.
Pero el resultado es idéntico: un poder que se sirve a sí mismo.
El antiguo presidente gobierna todavía desde la sombra, a través de un sistema de lealtades y silencios que lo mantiene intacto.
Es el espectro que dicta el tono, el guion y la liturgia.
México vive bajo un gobierno doble: el visible y el tutelar, el que habla en público y el que dicta en privado.
IV. LA CAÍDA INSTITUCIONAL
El atentado contra el exalcalde de Uruapan no fue sólo un hecho violento: fue el espejo de un Estado sin alma.
Frente a la tragedia, los gobernantes no reaccionan con responsabilidad, sino con cálculo mediático. Declaran, improvisan homenajes, publican mensajes de consuelo… y siguen evadiendo la verdad: que el país vive sin Estado, sólo con poder.
La institucionalidad se ha vuelto un acto escénico.
Ya no hay gobierno, sino representación.
El lenguaje de la administración pública ha sido reemplazado por el de la retórica emocional.
No gobiernan los hechos, gobierna la narrativa.
La justicia se declama, no se ejerce.
V. EL PLAN MICHOACÁN: LABORATORIO DEL SIMULACRO
Pocos documentos retratan mejor este vacío que el Plan de Paz y Justicia para Michoacán.
Presentado como un programa integral, es en realidad un manifiesto propagandístico.
Habla de reconstruir el tejido social, pero lo fragmenta con su propio catecismo político; invoca la paz, pero ignora la legalidad; promete justicia, pero administra farsa.
Sus autores no comprenden el Estado de Derecho: lo interpretan como “sentido común” o “buena intención”.
Han hecho del poder público una oficina partidista y de la ley un recurso ornamental.
El Estado de Derecho dejó de ser fundamento para volverse obstáculo.
En este país, la Constitución estorba cuando el poder predica.
VI. EL CREDO DE LA IMPUNIDAD
El poder, ahora, no sólo protege a los suyos: los absuelve.
Cuando uno de sus miembros incurre en delito o abuso, el partido entero se convierte en congregación.
El silencio es dogma; la defensa, ritual.
Las conferencias matutinas, los comunicados y los actos simbólicos son su misa diaria, donde la culpa se disuelve entre aplausos.
El poder actual ha convertido la impunidad en sacramento.
No se rinde cuentas; se profesan fidelidades.
El que disiente es traidor; el que obedece, patriota.
El Estado ya no gobierna: evangeliza.
En el altar del poder, la lealtad pesa más que la justicia.
VII. EPÍLOGO: EL ROSTRO DEL PODER
México mira hoy su reflejo y no se reconoce.
El poder se cubrió de fe, de consignas, de espectáculo.
La República —esa idea noble de la ley sobre la voluntad— fue sustituida por un credo político donde la emoción manda y la razón calla.
El rostro del poder ya no mira al ciudadano: se mira a sí mismo.
Habla de transformación, pero respira continuidad; promete justicia, pero teme a la verdad.
Gobierna con palabras porque ha perdido el lenguaje del Estado.
Y mientras el país se desangra, los templos del poder siguen llenos.
Nadie cree ya del todo, pero todos aplauden.
El simulacro continúa.
Y en medio del ruido, el silencio de la ley se vuelve insoportable.
Porque cuando la ley calla, el poder deja de tener rostro y sólo queda su sombra.




