“La geometría no es sino el sueño del orden humano sobre la tierra”

LA LÍNEA Y EL HORIZONTE
— Gaston Bachelard

Marco Aguilar

En el paisaje se cruzan tres geometrías:
la geometría del mundo natural, donde todo se equilibra sin cálculo;
la geometría del poder, donde la línea se vuelve frontera y dominio;
y la geometría del pensamiento, que busca reconciliar ambas, recordando que el habitar humano sólo cobra sentido cuando escucha al horizonte.

Este texto se mueve entre esas tres líneas, en busca de un punto de convergencia entre la razón que traza y la vida que fluye.

Hoy, al mirar los horizontes del lugar —cerros, montañas, nubes y cielo—, advierto una coherencia que no necesita explicación. En el paisaje natural todo parece obedecer a una geometría invisible: las pendientes no se repiten, pero se corresponden; las nubes no se alinean, pero guardan ritmo.
Es un orden sin medida, una proporción sin cálculo, un equilibrio nacido del tiempo.
Entonces surge la pregunta: ¿por qué la disrupción en la geografía y la geometría de nuestra arquitectura y urbanismo? ¿Por qué insistimos en la línea recta, en el ángulo que rompe la curvatura de la tierra, en el plano que desoye el relieve?
El ser humano trazó la línea como signo de dominio. La convirtió en frontera, en propiedad, en sistema. Pero en ese gesto —aparentemente racional— comenzó también la pérdida de la afinidad con la naturaleza.
La línea humana se volvió voluntad de control, mientras que la línea natural es voluntad de ser.
En la naturaleza no hay trazo, sino devenir. Cada forma surge del tiempo, no del cálculo. Cada equilibrio es resultado de un acuerdo silencioso entre fuerzas.
La arquitectura, en cambio, busca inmovilizar ese movimiento: la obra pretende durar, fijar su sentido, resistir al cambio. Pero tal vez el verdadero arte de habitar consiste en aprender del horizonte, no en imponerle un reflejo geométrico.
La montaña no se endereza para parecer perfecta. La nube no se repite para ser simétrica.
La armonía del mundo radica precisamente en su imperfección orgánica, en la curva que no obedece al compás pero sigue el pulso de lo vivo.
Quizá el desafío del pensamiento contemporáneo sea reconciliar esas dos líneas: la que se piensa y la que simplemente acontece.
No toda línea debe mandar; algunas deben escuchar.
Tal vez allí, en esa escucha, el horizonte vuelva a hablarnos.

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