CRISTO DE CAÑA
Hecho de caña y de silencio, este Cristo parece nacer del aliento mismo de la tierra.
Su cuerpo, liviano y herido, se alza entre los arcos blancos del antiguo colegio,
como si la luz quisiera tocar la memoria de los antiguos oficios.
En su anatomía se adivina la paciencia de manos que modelan la fe,
la continuidad de un arte que no busca el oro sino el alma.
La sangre, más que dolor, es escritura: un trazo rojo que recuerda
que el sacrificio es también materia y símbolo,
que lo divino puede ser frágil, y aun así sostener el mundo.
El resplandor dorado no encandila: ilumina.
Y los listones que lo ciñen, rojos como el corazón del maíz,
vinculan la cruz con la vida, lo sagrado con la raíz.
Porque en Pátzcuaro —donde la caña se vuelve cuerpo
y el cuerpo, oración—, la belleza no está en la perfección,
sino en la persistencia de lo humano que sigue creando luz
a partir del dolor.



