Pátzcuaro
EL GOBIERNO COMO ESPECTÁCULO
(o la política convertida en contenido)
Marco Aguilar
En Pátzcuaro, el poder ha confundido el acto de gobernar con el acto de posar. Cada inauguración, cada anuncio, cada fotografía compartida en redes sociales, se convierte en un ejercicio de autopromoción. La administración pública se ha transformado en un escenario donde los funcionarios representan personajes antes que cumplir funciones.
Ya no gobiernan: interpretan.
Ya no administran: producen contenido.
Ya no sirven: se promocionan.
El presupuesto se vuelve guion, los espacios públicos, escenografía, y la ciudadanía un público cautivo cuya única función es aplaudir.
Lo más preocupante no es el exceso de vanidad, sino la sustitución de la realidad por la imagen. Cuando el poder se dedica a construir narrativas de éxito, los problemas reales —la pobreza, la corrupción, el deterioro del patrimonio, el abandono institucional— se ocultan tras filtros y luces de propaganda.
La política así se vacía de sentido: deja de ser acción para convertirse en performance. El alcalde y su esposa, protagonistas permanentes de esta función, no encarnan un liderazgo cívico sino una estética del poder, una forma de gobernar que confunde servicio con espectáculo, gestión con marketing, autoridad con fama.
Pero gobernar no es “parecer”. Gobernar es hacer sin testigos, es escuchar sin guión, es reconocer errores sin miedo a la desaprobación. Un gobierno que necesita cámaras para existir ya está vacío de legitimidad.
Frente a la teatralidad del poder, la crítica —aunque cansada— sigue siendo un acto político. Porque callar sería aceptar que el espectáculo ha triunfado sobre la verdad.



