Alberto Vieyra Gómez
México ya vio que la presidenta científica es de mecha muy corta como su maestro AMLO. Claudia Sheinbaum carece de ciencia política e inteligencia emocional, igualita que su rabioso destapador López Obrador. Ambos deberían leer y releer el libro Inteligencia emocional de Daniel Goleman, el ilustre psicólogo norteamericano.
Pero, también deberían leer a los clásicos que nos hablan de los hombres y mujeres de estado. El afamado pensador ecuatoriano Rodrigo Borja definía que los hombres de estado son aquellos que piensan en las futuras generaciones y no en las próximas elecciones. Y en verdad que doña Claudia debería de pensar en las próximas elecciones que la ubicarán en la revocación de mandato porque ya acumulo una cantidad asombrosa de boquetes políticos que están metiendo a la nación azteca en un país ingobernable con una absoluta ausencia de poder o como algunos críticos como Loret de Mola aseguran que vivimos en un país en un absoluto desgobierno.
El último estrangulamiento de carreteras duro casi 40 horas durante los cuales muchos compatriotas no comieron y no bebieron ningún líquido porque les quedaban a decenas de kilómetros de distancia. ¿No es acaso ingobernabilidad pura o desgobierno absoluto?
Pero la presidenta científica se enoja y truena contra sus críticos a los que sigue tachando de “comentócratas”, que quieren que el gobierno de la 4T reprima a quienes realizan bloqueos o manifestaciones contra ese desgobierno. ¿Quién le está pidiendo que reprima? Que yo sepa nadie.
Pero ese gobierno tiene la particularidad de culpar a los demás por su ineficiencia. Nadie le ha pedido que reprima a nadie. A Claudia le provoca pavor el pensar en que ese desgobierno cuatrotero pase a la historia como un gobierno represor.
La ingobernabilidad que vimos al inicio de esta semana, cuando los campesinos que producen el maicito que nos da de comer estrangularon carreteras para exigirle a ese ineficiente gobierno que les fijen precios de garantía que les permita vivir como mexicanos decentes o el desgobierno que vimos el pasado 2 de octubre en la capital del país cuando diabólicos encapuchados hicieron que imperara su ley saqueando comercios y golpeando a policías que fueron mandados para servir de ornato y ser ultrajados en su dignidad recibiendo golpizas que los mandaron al hospital, pero el gobierno cuatrotero es incapaz de aplicar la ley.
¿Quién manda a esos rufiancillos ladrones y golpeadores, son acaso infiltrados por el estado mexicano para justificar la represión en un momento dado?
No olvidemos que el Estado es el que ostenta el monopolio de la violencia y el Estado no se investiga así mismo. Estos episodios hacen que aumente la ingobernabilidad en México y que todos los mexicanos seamos testigos de que la señora presidenta es de mecha muy corta y justifica su disque aguante diciendo que en México hay como nunca libertad de expresión.
Sí, pero a qué costo porque el Estado mexicano ya comenzó a apretar tuercas a los radiodifusores en el país que suelen ser críticos bajo la amenaza de que si no le paran sus periodistas críticos, el refrendo de sus concesiones no se dará y les fijan millonarios montos que deben liquidar en un solo pago antes de que termine este año.
Si, ese es el costo para quienes ejercemos a plenitud la libertad de expresión: La represión de un gobierno populista y absolutista que está implantando en México una era comunista, una dictadura antidemocrática de la que millones de compatriotas nos vamos a arrepentir.
(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor).



