Pátzcuaro:
“La mentira necesita del poder; la verdad se basta a sí misma”.
— Hannah Arendt
El silencio del alcalde se ha convertido en su única respuesta.
Este lunes, Julio Arreola incumplió lo que prometió apenas tres días antes: acudir al mercado para atender personalmente a los comerciantes inconformes. No fue.
El grupo
-unas cien personas- decidió entonces ir a buscarlo al Ayuntamiento. Tampoco apareció. Desde su oficina les aseguraron que mañana sí asistirá. Pero en Pátzcuaro, las promesas del alcalde ya pesan menos que su ausencia.
De los aproximadamente mil trescientos comerciantes, este grupo representa sólo una parte de un tejido deliberadamente fracturado. El gobierno apostó —y consiguió— mantenerlos divididos. Entre ellos hay desconfianza hacia muchos líderes que sólo miran por sus intereses; hay también gente trabajadora, con precariedades, que teme perder su lugar si alza la voz. Se les ha amenazado, se les maltrata, se les exige obediencia.
Mientras tanto, la descoordinación entre la autoridad municipal, la dirección del mercado y los propios comerciantes ha convertido cualquier intento de diálogo en una farsa administrativa. No hay claridad. No hay rumbo.
El alcalde promete, pero no cumple; habla, pero no dice; aparece sólo para prolongar su propio vacío.
El problema ya no es el mercado, ni siquiera la crisis económica que arrastra: es la descomposición política y moral de un gobierno que perdió toda credibilidad.
Un alcalde sin palabra es un funcionario sin legitimidad.
Y un poder sin verdad sólo puede sostenerse en el miedo.
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