LA COSTUMBRE DEL PODER/La pesadilla

*Ese pedacito de carne yace ante nuestros ojos para mostrarnos de lo que somos capaces de hacernos a nosotros y nuestros hijos y otros familiares y amigos. Es una muestra de la transformación interna de nuestro ser, como resultado de la incesante escucha del llamado a la confrontación entre connacionales, entre hermanos, convocada por ese odio que se destila del mensaje de los líderes legales y religiosos. Sí, es el resultado del odio

Gregorio Ortega Molina

Leerlo es, en la mayoría de sus entregas a El País y a El País Semanal, una bocanada de aire fresco, pero en ocasiones adquiere la textura de un mazazo al cerebro, a la razón, a la sensibilidad de los que permanecemos vivos.

En los textos reunidos en La vida a ratos, Juan José Millás nos obliga a sonreír de nuestra estulticia, de esa estupidez que no suelta a los humanos, por más inteligentes que se muestren en sus desempeños profesionales o con sus familias y amigos. Lo busco porque me educa, alegra y advierte, como en la página 10 de El País Semanal en su última entrega -16 de agosto- en su texto y fotografía comentada por él en De eso va todo.

Es la imagen de lo que la madre soñó, deseó, aspiró a que se convirtiera en un ser humano, en su hija o hijo, pero la actitud de los gobernantes y líderes de uno y otro bando, dejó convertida en un proyecto de lo que pudo haber sido. Soy católico, tengo la certeza de que en esa aspiración anida o anidó (es posible que a estas alturas haya, al fin, fallecido) un alma, un atisbo de razón, sentimientos, sensibilidades, afectos, necesidades de amor y, se nota, sobre todo de alimento.

No hay rasgos que la identifiquen como humano, salvo que los que la observamos sabemos que para eso la trajeron al mundo, para que fuese integrante de una familia, alegrara a la madre, y diera a Dios, a la divinidad, la oportunidad de mostrar su benevolencia, su misericordia para conducir a esa aspiración de ser humano a la edad adulta y, a su vez, reiniciara el siglo procreando su propia descendencia. Pero no.

Ese pedacito de carne yace ante nuestros ojos para mostrarnos de lo que somos capaces de hacernos a nosotros y nuestros hijos y otros familiares y amigos. Es una muestra de la transformación interna de nuestro ser, como resultado de la incesante escucha del llamado a la confrontación entre connacionales, entre hermanos, convocada por ese odio que se destila del mensaje de los líderes legales y religiosos. Sí, es el resultado del odio.

No acierto a decidir cómo y dónde archivar esa fotografía, o si de verdad quiero hacerlo, o es preferible mandarla al olvido, con la idea de no volver a tener la pesadilla de verla, inerte, moribunda, como signo de advertencia.

www.gregorioortega.blog @OrtegaGregorio

(Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad estricta del autor).

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