Jaime Darío Oseguera Méndez
A los 98 años murió el expresidente de Uruguay José “Pepe” Mújica, quien es todo un ícono de la política en América Latina.
Vale la pena recuperar algunas expresiones de entrevistas que dio a lo largo de los últimos años para conocer su pensamiento.
No para alabarlo, lo cual seguramente le repugnaría, sino para abrevar de una experiencia forjada por altas y bajas; tortura y prisión, por un lado, contra posteriores triunfos electorales, por el otro.
Mujica fue guerrillero perseguido por un régimen político que a la vuelta de los años se abrió electoralmente y lo eligió Presidente de la República Oriental de Uruguay.
Visité Montevideo antes de la pandemia donde era evidente el cariño y la popularidad de la que aún gozaba. Había gobernado del 2010 al 2015, pero seguía siendo una referencia importante en el debate público porque ostentaba el cargo de Senador al que accedió por las urnas al final de su periodo presidencial, como sucede en muchos países con la figura de los expresidentes.
Se decía prudente, pero sabía el peso de sus expresiones y las hacía valer. Cómo expresidente no era obstinado, pero tampoco omiso. Coloquial, lo tachaban de simple, lo cual lejos de representarle un agravio, al parecer lo divertía pues se auto definía como un hombre despojado de todo maquillaje.
A “Pepe” lo recibían en los restaurantes más sencillos y en los cafés más comunes. Los de la gente de a pie que le hablaron con esa familiaridad del personaje público que convive cotidianamente con todos.
Se le conoció como el Presidente más pobre del mundo por donar la mayor parte de su salario para causas sociales. Siendo agricultor de origen decía que podía vivir con su auto y un tractor.
“¿Qué es lo que le llama la atención al mundo? Que vivo con poca cosa, una casa simple, que ando en un autito viejo, ¿esas son las novedades? Entonces este mundo está loco porque le sorprende lo normal”.
También tenía sus detractores, que lo acusaban de superficial y veían en la sencillez de sus posturas una profunda simulación e histrionismo con el que siempre terminan de ser acusados los políticos.
Lo definieron como “un líder sensible, espontáneo, directo y sincero, cuyo estilo rompe con los convencionalismos de una clase política anclada en el pasado del discurso vertical e indiferente al sentir popular.”
No es una exageración decir que con Mujica se cierra en varias formas un periodo de la vida política de América Latina.
En particular porque la de Mujica fue una generación emblemática por enfrentar a las dictaduras militares que sacudieron el alma de nuestro subcontinente y lastimaron hasta la médula nuestra incipiente vida democrática.
Hubo generaciones de hombres y mujeres jóvenes que decidieron exhibir las atrocidades de la dictadura y empujar la política hacia formas más democráticas. O tal vez sea más correcto decir hacia modalidades menos autoritarias.
Siempre hay que respetar a quien se juega la vida por sus ideas; las manifiesta abiertamente y las defiende teniendo como consecuencia la cárcel o la muerte por sus expresiones.
“La noche de los 12 años” es una película documental que narra el periodo de cautiverio de 15 años que sufrió junto con otros guerrilleros entre 1972 y 1985 como líderes del Movimiento de Liberación Nacional conocido como los Tupamaros.
La década de los setenta se caracterizó por los golpes de estados militares auspiciados por las oligarquías locales, los Estados Unidos y los sectores más conservadores del ejército, los empresarios e incluso la iglesia.
Al menos así fue en el caso de Paraguay, Chile, Brasil, Bolivia, Argentina y el propio Uruguay.
Mujica representa en ese sentido a las víctimas negras de la persecución política, exilio, desapariciones y otras atrocidades que se cometieron en la guerra sucia de las dictaduras militares.
Presidente filósofo le dijeron porque tenía opiniones muy particulares sobre la economía que vale la pena recordar: “El grueso de nuestras sociedades está sometido a una autoexplotación, porque lo que gana tiende a no alcanzarle, porque todo está hecho como para que nunca le alcance”.
“Y tiene que conseguir más, y trabaja más y más y más, porque gasta cada vez más. ¿Y con qué paga? Con el tiempo de su vida, que lo gasta para producir valor para poder pagar”, continuó, concluyendo: “¿Cuándo soy libre? Cuando me escapo de la ley de la necesidad”.
También le habló al odio, cómo Neruda en testamento de otoño: “En mi jardín hace décadas que no cultivo el odio porque aprendí una dura lección que me impuso la vida: que el odio termina estupidizando, porque nos hace perder objetividad frente a las cosas”.
“No acompaño el camino del odio, ni aun hacia aquellos que tuvieron bajezas sobre nosotros. El odio no construye. Esto no es pose demagógica, esto no es cosa de andar eludiendo el bulto, esto no es cosa de poner una cara linda; estos son principios, cosas que no se pueden hipotecar”.
Y hablando de estupidez, hay que recordar una gran frase: “No me asusta Trump”, dijo ante el triunfo del magnate en su primer periodo, “lo preocupante es el gran apoyo que obtuvo”.
El ya habló, ahora hay que escucharlo…



